En el sentido de la filosofía en la formación del profesorado: editorial

José Antonio Ibañez-Martín

Pocos problemas de más interés en un país que saber cómo conviene que sean formados los profesores, pues es obvia la influencia que éstos tienen a la hora de conformar el clima intelectual y moral de la nación. Por ello es muy lógico que la formación del profesorado no haya sido sólo objeto de la preocupación de algunos estudiosos de la Pedagogía, sino que también han sido muchos los organismos internacionales y científicos políticos de diverso signo que han tratado acerca de este tema. La conclusión es que, en nuestros días, hay una importante bibliografía que aborda tal problema desde muy distintos puntos de vista, si bien en la mayor parte de fas veces se sigue un criterio dependiente de los niveles de enseñanza, tratándose de determinar la peculiar estructura formativa propia para los profesores de enseñanza primaria, media o superior.

El presente número de la Revista Española de Pedagogía pretende ser una aportación al estudio de esta terna, pero con una perspectiva diferente de la que decimos es más habitual. Es muy cierto que hay muchas cuestiones cuyo interés para el futuro profesor depende del nivel de enseñanza a que éste se vaya a dedicar. Sin embargo, considerarnos que hay también otras que -aun con mayor o menor intensidad- son necesarias para cualquier profe sor, en la medida en que desee realizar una verdadera tarea intelectual de un modo personal y crítico, en la medida en que no desee limitarse a ser un simple técnico dedicado a la repetición de un conjunto de conocimientos y ajeno a los problemas fundamentales que plantean tales conocimientos e incluso el mismo hecho de la acción educativa.

Este pensamiento fue el que originó un Seminario sobre "El sentido de la Filosofía en la formación del profesorado", que -como anunciamos oportunamente (revista española de pedagogía, XL: 157, julio-septiembre, p. 131)- se celebró en el edificio del antiguo INCIE los días 20, 21 y 22 de diciembre de 1982. De acuerdo con su idea de base, los ponentes fueron personas muy diversas, ya que se acudió a especialistas en Filosofía y Pedagogía, así como a profesores de Universidad, de Escuelas Universitarias y de Bachillerato.

Las ponencias trataron de desarrollar algunas de las dimensiones de la actividad de todo profesor, caracterizada por iniciar en unos saberes, enseñar unas costumbres y alentar -de diversos modos- a escoger un tipo de vida que trate de llevarnos a la plenitud a la que como hombres aspiramos.

La filosofía nos puede enseñar qué significa saber, así como cuáles son los tipos de saberes y las diversas certezas que constituyen las ciencias. La filosofía nos ha de ayudar a conocer la estructura humana, qué es fo que nos permite saber y comunicar a los demás tal saber, así como qué es lo que hace posible que seamos sujetos de costumbres y -por encima de ello- capaces de derechos y deberes. En la filosofía, por último, buscarnos una luz para descubrir las metas últimas que dan un sentido al conjunto de nuestros esfuerzos.

A su vez, el fenómeno educativo debe analizarse -de modo especial- tanto en sus fundamentos como en los métodos que hayan de seguirse para conseguir una superior eficacia. Esto exige hablar de la Filosofía de la Educación, en cuanto estudia los principios y criterios que deben seguirse para que los juicios sobre temas pedagógicos tengan claridad y consistencia racional, y de la Psicología de la Educación, que debe ayudarnos a descubrir los mejores procedimientos para alcanzar nuestros objetivos en los procesos de comunicación y aprendizaje.

Naturalmente, este cúmulo de problemas no pretendieron encontrar una, solución completa en los breves días en que se desarrolló el Seminario. Pero si creemos que las Ponencias que allí se desarrollaron -y que en su gran mayoría se recogen, siguiendo un cierto orden lógico, en nuestra sección de Estudios-pueden servir como un valioso punto de referencia para muchas reflexiones personales de profesores de muy diversas materias y niveles de enseñanza.