Jover G., Gonzálvez V. y Prieto M. (2017). Una Filosofía de la Educación del siglo XXI. (Laura Camas Garrido)

Jover G., Gonzálvez V. y Prieto M. (2017).
Una Filosofía de la Educación del siglo XXI.
Madrid: Síntesis. 273 pp.


No se puede escribir sobre filosofía de la educación sin practicarla. Este es, sin lugar a duda, el esfuerzo contenido de esta obra cuyo propósito no es otro que ser el impulso hacia la reflexión y el debate del conocimiento educativo desde una mirada filosófica. La filosofía de la educación es, inevitablemente, una forma de filosofía, una manera de hacer la educación. Cualquier persona que haya tenido el valor de asomarse a los paisajes de los fiordos educativos sabe de su compleja naturaleza, pues, entre los que se han aventurado a conocerla, suele ser denominada como poliédrica. Es por ello por lo que el tratamiento de su disciplina no resulta sencillo, pues articular y armonizar todo un entramado de carácter histórico, filosófico, teórico y científico con la acción educativa requiere no solo del gusto por la misma, sino de sabiduría, pasión y de deseo por saber. Los autores de esta obra mantienen con sus lectores una estimulante e inspiradora conversación sobre las tensiones, ambigüedades y disonancias del  conocimiento educativo y, en concreto, la disciplina de la filosofía de la educación. Lejos de pretender ser una lectura escrita en clave de recetario, resulta ser una provocativa invitación hacia el cuestionamiento del panorama educativo vinculando el pasado, el presente y el futuro.

 

La obra en su conjunto supone una puerta hacia el saber de la filosofía de la educación. Una lectura impregnada de sabiduría que todo aquel que se declare interesado de la educación, sea investigador, docente, profesional
educativo o estudiante, debería conocer. La obra se encuentra estructurada en cuatro partes que, a su vez, están compuestas por doce capítulos. En la primera parte se sientan las bases epistemológicas del conocimiento pedagógico y se reflexiona sobre: a) la necesidad de un saber tanto científico como filosófico, b) la interdependencia de las relaciones entre la teoría y la práctica educativa, c) la influencia de los giros pragmático y lingüístico, y d) las cualidades que caracterizan la racionalidad pedagógica: dialógica, crítica, emocional, a partir de y hacia la praxis educativa y, posteriormente, en clave contextual y cultural. El diálogo continúa en torno a las tres formas de entender la actividad docente, contextualizadas en los distintos paradigmas: operario (científico-tecnológico), artista (práctico-hermenéutico) y activista (crítico-emancipatorio). a tarea de educar se halla configurada por valores y orientada por una intencionalidad educativa que «se mueve entre el dominio técnico y el fluir libre de la comunicación» (p. 52) y donde se busca el beneficio del educando. Educar, por lo tanto, significa ayudar, ayudar a mejorar al otro y, en definitiva, ayudar a educarse. Se delibera en torno a los principios, deberes y criterios éticos de la educación como profesión, desembocando en las regulaciones deontológicas aplicadas a la educación, que cumplen tres funciones principales: 1) proyección personal hacia el exterior, 2) regulación de la profesión, entre la ética y lo jurídico, y 3) cohesión hacia
el interior de la profesión, entendida como valores, principios y fines compartidos que dotan de identidad ética a los profesionales.

 

La segunda parte comienza con la clásica reflexión filosófica y pedagógica en torno a los fines y los valores de la educación en general y, en concreto, de la educación moral para el desarrollo humano. Se delibera en torno a las diferencias entre socialización y educación, considerando el acto de educar como un proceso de mayor amplitud que se caracteriza por la pretensión de mejora del otro. En particular, la educación moral envuelve componentes esenciales, como la libertad, que permiten la capacidad de reproducción y (re)creación de la cultura cívica. De otro lado, se posa la mirada reflexiva acerca de la conceptualización histórica y teórica de la ciudadanía y su educación, una combinación que confluye en el ámbito entre lo ético y lo político. Se acentúa el carácter activo de esta forma de educación y se sitúa su eje en el compromiso con los
derechos humanos. Por último, se aborda la formación de la racionalidad desde el sentido crítico y la práctica deliberativa a través de procesos como la deliberación y
la argumentación.

 

La tercera parte se compone de tres magníficos capítulos acerca de los retos en el panorama de la filosofía de la educación actual: la educación de las emociones, el reconocimiento de la alteridad y la educación en un entorno mediático. Lejos de una educación exclusivamente racional, la educación de las emociones implica entenderlas no solo como un fin sino como una condición. Ello supone entender al ser humano como Homo sapiens y demens. Se continúa con la reflexión en torno a la educación para el reconocimiento de la alteridad, que incluye la relación ética entre el yo y el otro y su relación con la identidad. Finalmente, se hace alusión a la necesidad de una educación crítica y creativa en el escenario mediático. La relación con los medios implica educativamente posicionar a los futuros ciudadanos como receptores y productores activos (procives) de contenidos y, por ende, de conocimiento.

 

La cuarta y última parte termina con un paseo que versa sobre la educación en la historia de la filosofía, un recorrido sobre postulados filosóficos y pedagógicos que transcurre por Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino, Rosseau, Kant, Marx, para concluir con los desafíos que plantea la filosofía posmoderna a la educación. Entre estos desafíos se encuentran: a) la necesidad de una educación abierta a lo diverso y a la diferencia, promotora de lo creativo y que atienda a lo singular, b) con acciones adaptadas a los distintos contextos socioculturales y económicos y c) abierta a modos más virales, horizontales y en red. Le sigue un capítulo que capta la esencia sobre la configuración de la filosofía de la educación como campo disciplinar y sobre las condiciones que toda investigación filosófica de la educación debería sustentar. En último lugar, se dedica un espacio con clarificadoras coordenadas que invitan a la meditación sobre la enseñanza de la filosofía de la educación. Se estimula así la conversación sobre la enseñanza de la acción del pensamiento y de la perspectiva filosófica, concluyendo con todo un abanico de principios, competencias, objetivos, contenidos y estrategias metodológicas que orientan la práctica educativa.
Laura Camas Garrido ■