Vol. LXXVI (2018) - Nº. 271 Arturo de la Orden Hoz. Profesor universitario y maestro. In memoriam

Debía correr el año 1987 u 88 cuando nos encontramos personalmente en Pamplona. Él visitaba por aquellas fechas la Clínica de la Universidad y solía acompañarlo el profesor Emilio Redondo, Catedrático de Historia de la Educación que, por diversas razones, no estaba aquellos días en la ciudad. Y así, fortuitamente, como aparentemente ocurren las cosas importantes en nuestra vida, yo me ocupé de acompañarlo y hacerle la estancia más llevadera en aquellas fechas difíciles. Situación que se habría de repetir en muchas ocasiones posteriores.

 

Le gustaba descubrir agujeros interesantes para comer un buen «pez» u otra vianda que mereciese la pena. Descubrimos muchos de estos sitios. El primero, el Mauleón, en la calle Amaya. Allí, supongo que en medio de anchoicas del cantábrico, pimientos asados de Mendavia, espárragos de Lodosa o gorrín de la cuenca, se nos pasaba la  velada o la sobremesa hablando de tantas cosas, siempre interesantes y llenas de agudas reflexiones… por su parte.

 

Poco a poco, pese a las obvias diferencias de edad y categoría académica (yo era entonces un adjunto sin oposición aún y contaba con menos de 40 años), comenzamos a trabar una buena amistad que trascendería los accidentes para calar en la sustancia, y que habría de durar hasta su fallecimiento el 27 de marzo de 2018.

 

Fue incluso mi director entre los años 90 y 93, mientras desempeñaba yo mis funciones de titular en el departamento MIDE de la Universidad Complutense, en virtud de la plaza ganada en oposición en noviembre de 1989, de la que tomé posesión en enero de 1990, pocos días después de que José Luis Gaviria hiciera lo propio con la suya. Él fue el presidente del tribunal de ambos. Del mío formaba parte también el querido Eduardo López (q.e.p.d.).

 

Años después, algunos profesores del área (Gaviria, Jornet, Bisquerra), junto con otras personas de las administraciones, trabajamos bajo su dirección en el
primer estudio de evaluación a gran escala basado en modelos TRI que llevó a cabo el Instituto Nacional de Evaluación, allá por 1998.

 

Arturo era un hombre de una claridad conceptual poco común. No era muy hablador, pero cuando hablaba no solía dejar a nadie indiferente. Su conocimiento pedagógico y su cultura eran muy vastas. Agudo y enérgico, pero afable y comprensivo, aunque esto último procuraba ocultarlo tras sus gruesos lentes. No ocultaba, sin embargo, su debilidad por sus pupilos y amigos más íntimos.

 

He repasado estos días su historial académico para redactar estas líneas, que pretenden ser un recuerdo y homenaje al amigo y maestro, más que al gran pedagogo que fue. No obstante, ofreceré algunos datos que permitan a quienes no lo hayan conocido, o a los que vengan después de nosotros, ponderar mínimamente su figura y contribución a la Pedagogía Experimental y Diferencial de nuestra universidad, nombre mucho más propio y elegante, a mi entender, que el que actualmente
utilizamos.

 

Arturo se licenció en Filosofía y Letras, Sección de Pedagogía, por la Universidad Complutense de Madrid, en 1953. Fue becario del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas entre 1954 y 1955. En 1957 realizó estudios de Psicología Pedagógica con el Dr. H. J. Eysenck, en el Mausdley Hospital de Londres, como pensionado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España. También se diplomó en 1958 en Supervisión y Administración Escolar por la Kent State University, Ohio (EE.UU.). Se doctoró en Filosofía y Letras, Sección de Pedagogía, por la Universidad Complutense de Madrid en 1973. Catedrático de Pedagogía Experimental y Diferencial (como su pariente el Dr. García Hoz, introductor de esta asignatura en España) de la Universidad Complutense de Madrid desde 1977 hasta 2001, en que pasó a profesor
emérito.

 

Director del Departamento de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación (MIDE) de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid durante veinte años (1981-2001), con un liderazgo indiscutible. Su actividad intensa, incesante diría, lo llevó a ocupar otros muchos cargos, tanto en España como en  el extranjero, particularmente en México, país con el que siempre mantuvo una muy estrecha relación. Así, por citar solo unos pocos, fue jefe del Departamento de Estudios y Proyectos del Centro de Documentación y Orientación Didáctica de Enseñanza Primaria (CEDODEP) (1963-1968); miembro del Consejo Consultivo del Centro
Nacional de Investigación y Desarrollo (CENIDE) y del Instituto Nacional de Ciencias de la Educación (INCIE) (1970- 1980); miembro del consejo asesor externo del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (CENEVAL), México, (1999-2003); miembro del Consejo Técnico del Instituto Nacional para la Evaluación
de la Educación (INEE), México, (2002-2009); presidente del Centro para la Excelencia Docente de la Universidad Interamericana para el Desarrollo (UNID) (Sistema Anáhuac), México, (2002-2005). Fue presidente de la Sociedad Española de Pedagogía (SEP) y director de la revista Bordón (1981-2000). Presidió la Asociación
Interuniversitaria de Investigación Pedagógica Experimental (AIDIPE) en los períodos 1983-85 y 1990-1993, siendo concurrentemente director de la Revista de Investigación Educativa (RIE), editada por la Asociación Interuniversitaria de Investigación Pedagógica (AIDIPE), 1983-1985. Fue nombrado doctor honoris causa
por la Universidad Anáhuac de México en 2012, por su dilatada y significativa aportación a la investigación y evaluación educativas en América Latina y Europa.

 

También prodigó su atención a menesteres propios de su actividad como profesor universitario más allá de nuestras fronteras, y de los cargos ya mencionados en México, cuestión poco frecuente en muchos profesores de entonces, al menos de nuestra área. Así, fue cofundador y miembro del primer consejo directivo de la European Educacional Research Association (EERA) (1993-1997) o presidente de la World Association for Educational Research (WAER) con sede en la Universidad de Gante (Bélgica), (1985-1989).

 

Ciertamente, los cargos o distinciones indican mucho de la trayectoria y entrega o valía de una persona, pero donde esta queda realmente reflejada, entiendo yo, es en su contribución intelectual, en sus publicaciones y en la escuela que haya creado. A ambas cosas me referiré brevemente.

 

El profesor De la Orden ha dirigido en torno a cien tesis doctorales sobre los más diversos temas, generalmente abordados desde una perspectiva experimental, sensulato.

 

Unos pocos títulos, que el lector enseguida verá que no he elegido al azar, por los autores de los trabajos, nos darán una idea de la variedad de temas que ayudó a afrontar
a quienes se acercaban a él en busca de dirección para sus tesis: Influencia del tamaño del centro en diversas variables organizativas (Pedro Municio, 1978); Validación 
y medida del constructo «Dependencia-Independencia de campo perceptivo» (José Manuel García Ramos, 1984); Criterios de evaluación en Educación General Básica (EGB) y Bachillerato Unificado Polivalente (BUP) (Joseph Mafokozi, 1985); Una aproximación teórica-empírica a los métodos de referencia criterial (Jesús Jornet,
1987); Procesos funcionales, eficacia de la escuela. Un modelo causal (Aurora Fuentes, 1987); Investigación evaluativa de instituciones universitarias (María José
Fernández, 1987); El sistema de documentación en Ciencias de la Educación. Elaboración de un Tesauro de investigación educativa (Luis Lizasoain, 1987); El supuesto 
de unidimensionalidad en la teoría del rasgo latente. Aportaciones metodológicas (José Luis Gaviria, 1988); Educación Preescolar y estilo cognitivo (Mercedes García,
1989); La medida del clima en instituciones de Educación Superior (Inmaculada Asensio, 1992); Meta-análisis. Aportaciones metodológicas a la síntesis cuantitativa 
de la evidencia (María Castro, 1997); Calidad, eficacia y clima en centros educativos. Modelos de evaluación y relaciones causales  (Arturo González Galán, 2000); Aportaciones de la Investigación sobre la eficacia Escolar. Un estudio Multinivel sobre los Efectos Escolares y Factores de Eficacia de los Centros Docentes de Enseñanza Primaria (Fco. Javier Murillo, 2004).

 

Muchos de los citados, sin pretender exhaustividad alguna, hoy son catedráticos, profesores titulares, directores de departamento, editores de publicaciones científicas de prestigio, asesores u colaboradores de organismos educativos importantes  en España y otros países, y llevan a  cabo otras funciones destacadas. Todo ello muestra que era un buen director, aunque no lo conocí personalmente en esa faceta, que sabía sacar lo mejor de cada uno y catapultarlo hacia una carrera académica prometedora. A los hechos me remito. La otra faceta de un intelectual es, sin duda, su producción científica. El profesor de la Orden publicó ocho libros y casi tres centenares de artículos, generalmente en español, aunque también en portugués. Tuvo una intensa relación con el país luso, en particular en el programa de doctorado de la universidad lisboeta. Empezando por los tiempos más alejados nos encontramos (entre 1955 y 1970) con trabajos como: «Concepto de egoísmo»; «Las escuelas de niñas y niños»; «La preparación del niño para el estudio y el trabajo autónomo»; «Educación y ambiente rural»; «Un ejemplo de texto programado »; «La escuela, laboratorio pedagógico»;
«Nuevos horizontes de la organización escolar »; «Distinción entre unidades didácticas, centros de interés y otros conceptos afines»; «Influencia de la homogeneidad de las clases en el rendimiento escolar»; «La evaluación del rendimiento educativo y la calidad de la enseñanza». Cultivó, como se ve, campos e intereses muy diversos, curiosamente algunos de gran actualidad hoy. Le interesaron la tecnología de la educación y la organización escolar, pero, sin duda, la metodología de la investigación en educación y, en particular, la medida y la evaluación, ligada esta con el concepto de calidad sobre el que escribió abundantemente. Su concepción de la evaluación como proceso de optimización del objeto evaluado y su modelo sistémico con los conceptos de eficacia, eficiencia y funcionalidad asociados, son bien conocidos. Pocos asuntos pedagógicamente relevantes, desde la óptica experimental, estuvieron fuera de su interés. Y, si bien supo rodearse de grandes metodólogos y expertos analistas de datos, cosas que él no solía cultivar de manera directa, sus observaciones agudas, sus intuiciones convertidas en hipótesis y sus sugerencias explicativas sobre los resultados,  siempre fueron sobresalientes, como seguro que cualquier lector suscribirá. Algunas publicaciones más recientes se ocuparon de: «Evaluaciones de logro comparables en el tiempo»; «Reflexiones en torno a las competencias como objeto de evaluación en el ámbito educativo»; «Educación y Competencias»; «Evaluación y Calidad: Análisis de un Modelo»; «Niveles y perfiles de funcionalidad como dimensión de calidad universitaria. Un estudio empírico en la Universidad Complutense»; «El nuevo horizonte de la investigación pedagógica »; «Variables que permiten discriminar entre alumnos de bajo rendimiento académico y rendimiento académico suficiente», «Funciones de la Universidad. En busca de indicadores de calidad» o «La función optimizante de la evaluación de programas educativos», por citar solo unos pocos. Arturo fue un hombre de horizontes amplios, amigo de sus amigos. Algunos de los profesores citados en esta breve reseña, formamos parte de ese grupo de personas que compartimos durante años infinidad de momentos con él. Muchos fueron sus discípulos directos, otros procuramos aprovecharnos de su influencia, de sus consejos o de sus discrepancias sobre nuestras posturas.

 

Es evidente que no he pretendido hacer ni una aproximación siquiera a su pensamiento pedagógico, ocasiones y personas habrá que los hagan en el futuro en forma de artículos o tesis doctorales.

 

Tan solo he pretendido recordar al amigo, como hice en mi blog hace semanas, rendir un mínimo homenaje al profesor que supo crear escuela y que vio como la mayor parte de las apuestas que había realizado por el futuro profesional y académico se cumplieron en su mayor parte. Esto le llenaba de alegría y de un sano orgullo que, casi siempre, trataba de disimular tras sus gruesos lentes.

 

Arturo, tras una larga y fructífera vida académica, en la que pudo hacer escuela, algo que ya no es fácil, rindió viaje, por decirlo en términos náuticos, el 27 de marzo de 2018. Fue una suerte conocerlo y disfrutar de su amistad y su magisterio durante tantos años. Estoy firmemente persuadido, aunque esta no sea una hipótesis empíricamente verificable, de que nos volveremos a ver.

 

Descanse en paz el profesor De la Orden: caballero y amigo leal.

 
Javier Tourón ■