Vol. LXXVI (2018) - Nº. 270 La profesionalización docente: debates y propuestas

Monarca, H. y Thoilliez, B. (Coords.) (2017).

La profesionalización docente: debates y propuestas.

Madrid: Síntesis. 146 pp.


Afirmar que el panorama del Desarrollo Profesional Docente (DPD) es preocupante no es decir nada nuevo, claro está, salvo para quienes llevan años sin querer ver y escuchar. Creo sinceramente que la actual realidad no es halagüeña. Investigaciones de renombre y ensayos de referencia, que quien más, quien menos conoce o ha analizado pormenorizadamente, inciden en el delicado estado en el que se encuentra el DPD. Esta realidad no solo no es prometedora, sino que nos tiene cabizbajos. Por supuesto, no a todos, solo a los que aún creemos algo parecido a lo que escribió George Steiner en sus Lecciones de los Maestros, a saber: que «no hay oficio más privilegiado»; al menos a los que todavía consideramos que ser profesor es mucho más que saber desplegar un catálogo de competencias técnicas e instrumentales; por lo menos, a los que a estas alturas de la película aún pensamos que esos afortunados profesionales de los que habla Steiner están llamados a trastocar vidas en el sentido más profundo de ambas palabras.

Mas no hay razones suficientes para perder la esperanza, sobre todo porque de vez en cuando aparecen brotes verdes. ¡Qué satisfacción produce el hecho de toparse con alguno de ellos! Este libro es un brote y de los buenos. Dos entusiastas y devotos de la educación, Héctor Monarca y Bianca Thoilliez, se han encargado de reunir a voces autorizadas e incondicionales para analizar el DPD, para dejarnos ver el estado de la cuestión de una manera clara y profunda, y no menos importante, para poner los puntos sobre las íes que buena falta nos hace. La lectura de este libro plantea al lector el logro de un doble objetivo. Los coordinadores, con la colaboración de Javier M. Valle, lo anuncian justo al final de la Introducción. Por un lado, se pretende «hacernos más sensibles al paradójico debilitamiento al que está asistiendo la profesión docente como consecuencia de los diversos aspectos abordados en los debates sobre el DPD analizados en cada capítulo». Y por otro lado, se quiere «…mejorar nuestra capacidad de resistencia crítica, de reflexión profunda y de imaginar nuevos horizontes y propuestas para la formación del profesorado». Esperan los coordinadores, así lo afirman en esa introducción, que el libro sirva «al menos» para tales cosas. Anden tranquilos, vale para esas importantísimas cuestiones, y de qué manera.

El libro está dividido en diez capítulos independientes, todos interesantes y con entidad propia, todos con mucho que aportar al DPD. Ahora bien, con toda la humildad posible, me tomo la libertad de presentarlos de manera desordenada, no como aparecen en el índice. He agrupado algunos de ellos, aquellos que desde mi punto de vista tienen una cierta relación y que quizá podrían ser consultados al mismo tiempo. Este libro no es de esos que haya que leerlos de corrido para poder comprender algo, tiene la virtud de ser un bosque de ideas sin senda marcada, un plano cuyo camino construye el propio lector, según sean sus intereses, apetencias y necesidades. Dicho esto, el capítulo 1, escrito por los profesores Enric Prats y Ana Marín, pone en relación el sistema de formación docente inicial y el ritmo de las transformaciones en las que se ven inmersas los actuales sistemas escolares. Es este un tema interesante, sobre todo porque se supone que una cosa, la formación del profesorado, no debe perder el ritmo de la otra, la vida escolar; sobre todo porque creemos firmemente que el profesor de hoy debe estar adaptado a lo que pueda suceder allá afuera y no quedarse fuera de juego. Este capítulo podría verse complementado con el 8, que ha sido redactado por el profesor Jesús Manso. En él se presentan las exigencias que la actual realidad impone al DPD, centrándose de manera especial en la iniciación a la profesión educativa. Este capítulo que recuerda una vez más, y bien hecho porque nunca serán suficientes, que la formación inicial del profesorado tiene un calado considerable, que condiciona todo lo que pueda venir luego.

El capítulo 2, redactado por Paul Standish, nos adentra en el terreno de la filosofía de la educación, ese lugar que alimenta, trastoca y del que no debería desentenderse nunca ningún profesor. En dicho capítulo se encara la idea de alteridad, en tanto que el profesor establece una relación absoluta y humanizadora con el alumno; y la idea de intensidad, en tanto que la práctica educativa es una auténtica experiencia que no deja indiferente a nadie. Me atrevo a decir que ambas cuestiones son absolutamente necesarias para el DPD. A este texto podría añadirse el del profesor Fernando Gil (capítulo 6), donde se advierte sobre la necesidad de disponer de profesores con convicciones pedagógicas, profesionales que no caigan en el lodazal del relativismo moral, en definitiva, disponer de profesores sólidos para tiempos líquidos. Y otra cosa, eso pasa por la adquisición de conocimiento teórico, por la especulación educativa contrastada que es necesaria conocer para poder encarar la realidad educativa con un mínimo de garantías. Resulta curioso que nos cueste tanto convencernos de lo importante que son esas cosas que tan atinadamente se presentan en este capítulo. El profesor David Reyero (capítulo 9) aporta más ideas al debate filosófico abierto en el capítulo del profesor Standish y al del profesor Gil, a saber: el peso que el conocimiento curricular que se transmite en la formación de maestros tiene en la reflexión sobre los fines de la educación. Ciertamente, es difícil concebir a un profesor que no se plantee tales fines o que los deje en manos de peregrinas opiniones u ocurrencias del momento. Y sin embargo, es fácil encontrarse con esa cruda realidad, con profesores que educan sin fines a la vista, sin horizonte moral que merezca la pena seguir. La profesora Tania Alonso (capítulo 7) sigue con la estela filosófica trazada y se adentra en la identidad personal del profesorado, algo esencial para entender el rol que un profesor debe ejercer. Además, lo hace de la mano de Charles Taylor, uno de los filósofos en vida más importantes, una auténtica referencia internacional en eso precisamente, en la identidad y la autenticidad.

El capítulo 3, escrito por uno de los coordinadores del libro, el profesor Héctor Monarca, presenta algo muy interesante que suele pasar inadvertido. Me refiero a la enorme disparidad de ideas, conceptos, contrariedades y vicisitudes que hay sobre lo que se dice y hace en torno al DPD. Es justo detenerse en este tema, y es bueno reflexionar sobre ello. Discursos contradictorios y opiniones inconmensurables pueden entorpecer y mucho la tarea educativa. El siguiente capítulo, escrito por otra de las coordinadoras, la profesora Bianca Thoilliez, representa un elogio de lo que realmente es enseñar, una crítica al actual maltrato que está sufriendo dicho acto, humano por excelencia y humanizador por necesidad. Se trata de un artículo de lectura obligatoria para el profesorado que siente que le flaquean las piernas, que quiere seguir dedicándose en cuerpo y alma a la profesión privilegiada de la que habla Steiner. Dicho artículo podría guardar una cierta relación con el siguiente, escrito por Geo Saura y Noelia Fernández-González. En este capítulo 5 se incide en el efecto perverso que tiene la ideología neoliberal en el DPD. Es muy recomendable su lectura para no perder de vista el ambiente en el que nos encontramos, para no olvidar con qué bueyes tenemos que arar. El capítulo 10 ha sido escrito por la profesora Inmaculada Egido, y presenta una interesante reflexión sobre el Prácticum o prácticas que realizan los futuros profesores. Tal y como se viene argumentando en dicho texto, un correcto programa de prácticas puede beneficiar y mucho al DPD, pero también a centros educativos, y más concretamente, a los profesores en ejercicio que acogen a los que sueñan con ejercer.

Para finalizar, el DPD no es cualquier cosa, sino la médula del hecho educativo formal, de aquel misterioso y fantástico proceso que cada día y a cada hora de la semana laboral acontece en nuestras escuelas e institutos. Este libro aborda dicho tema, y su lectura no es aconsejable, es algo así como demasiado recomendable. Aquí no se encuentran respuestas como las que busca una mente utilitarista, aquí se plantean preguntas, se presentan críticas, se enarbolan ideas, es decir, se piensa razonada y apasionadamente en una mejor educación, en que otra educación es posible.

Francisco Esteban Bara