Simposio Internacional de Filosofía de la Educación: «Identidad y buen carácter»

En uno de los más importantes capí­tulos de Don Quijote de la Mancha (cap. VI de la II parte) hay unas palabras que nos pueden servir de introducción a este Seminario Internacional de Filosofía de la Educación:

Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortu­na ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los infi­nitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes.

Este texto nos plantea dos considera­ciones. La primera es una reflexión so­bre el complejo problema de la identidad. Realmente, ¿quién era Don Quijote? ¿Era el Caballero de la Triste Figura, el Caba­llero de los Leones o Alonso Quijano? La lectura de El Quijote y el testamento final de Alonso Quijano, el Bueno, nos puede llevar a la conclusión de que la identidad es algo recibido y que la vida ha de consis­tir en actualizar y ser leal a lo que somos potencialmente cuando nacemos. Pero, evidentemente, eso nos llevaría a olvidar que, en un momento determinado, Alonso Quijano decide dejar a un lado esos víncu­los e iniciar una serie de aventuras, por las que será mundialmente conocido, aunque al final de su vida decide retomar esos vín­culos primigenios.

Cuando Ortega señalaba que la vida se nos ha dado, pero no se nos ha dado hecha, expresaba una verdad compleja. En efec­to, hay muchas cosas que se nos han dado;

nadie puede elegir a sus padres, tampoco los padres pueden elegir quiénes y cómo van a ser sus hijos. Pero, al mismo tiem­po, nos sentimos responsables de nuestra propia vida, que podemos encauzar de modos diversos, e incluso cambiar im­portantes recorridos vitales como Alonso Quijano, que fue primero Alonso, Quijote después y murió como Alonso de nuevo. Reagan tenía más de 50 años cuando de­cide abandonar el mundo del espectáculo y la televisión para dedicarse a la política e inicia una actividad pública que le lleva a ser Gobernador de California y, con 69 años, presidente de los Estados Unidos. Hablar de identidad, por lo tanto, es muy amplio, pues significa una reflexión sobre lo que puede ser cambiado de lo que hemos recibido y sobre los criterios para un uso razonable de nuestra libertad.

La segunda consideración se refiere a que, en sus diversas figuras, don Qui­jote siempre fue de apacible condición y de agradable trato. Esto nos conduce a reflexionar sobre lo que llamamos buen carácter. En efecto, la serenidad y la ama­bilidad son modos de ser de las personas que saltan a la vista y muestran lo que en general afirmamos como persona con un buen carácter. El buen carácter así enten­dido muestra a una persona madura que vive su vida con sentido de plenitud y ca­pacidad estable para emprender acciones virtuosas, entre las que sobresale el buen hacer para con los demás.

Este es el planteamiento general del Simposio Internacional de Filosofía de la Educación, que admite perspectivas muy variadas sobre los asuntos expuestos. Ten­drá lugar en Madrid, los días 3 y 4 de sep­tiembre de 2021.

Intervendrán más de quince ponen­tes invitados, de tres países distintos. Los conferenciantes principales son: Hanan Alexander, Catedrático de Filosofía de la Educación de la Universidad de Haifa (Is­rael), de cuya Facultad de Educación ha sido Decano, y Christopher Higgins, Pro­fesor de Boston College, que ha publicado un libro muy conocido sobre la ética de la enseñanza, junto con otros trabajos acerca de la educación del carácter.

Para más información: https://filosofiadelaeducacion.org/