Resumen del artículo: Tiempo, poder y educación. Repensando la construcción de la identidad personal y las decisiones de la política educativa

Dr. Antonio BERNAL GUERRERO. Catedrático. Universidad de Sevilla (abernal@us.es).
Dra. M.ª Ángeles VALDEMOROS SAN EMETERIO. Profesora Titular. Universidad de La Rioja (maria-de-los-angeles.valdemoros@unirioja.es).
Dr. Alfredo JIMÉNEZ EGUIZÁBAL. Catedrático. Universidad de Burgos (ajea@ubu.es).

 

Artículo completo: https://doi.org/10.22550/REP78-3-2020-02

 

Como es proverbialmente conocido, advertía Benjamín Franklin (1945) a un joven comerciante que el tiempo es oro. Aunque las ideas de uno de los forjadores del ethos norteamericano pertenecen al siglo XVIII, su célebre consejo mantiene su pujanza y una vigencia palpitante (cuántas veces oímos lo mismo o algo semejante…). Pero estamos persuadidos de que el tiempo es mucho más: sencillamente, es todo lo que tenemos. Sin embargo, instalados en la prisa de la vida, en medio de la vibrante cotidianidad, nuestra existencia parece deslizarse a una velocidad que apenas nos da tregua para recapacitar sobre ella. En esta sociedad volátil, la agitación y el movimiento prevalecen y desdibujan el sentido de la espera, de la quietud, del reposo. Zigmunt Bauman (2011, p. 109), atinaba a expresar gráficamente este signo de nuestra época: «caminar es mejor que permanecer sentado, correr es mejor que caminar, y surfear es mejor que correr». La falta de tiempo se ha convertido en una circunstancia social condicionante de nuestro bienestar individual y colectivo. Las interconexiones entre velocidad, tecnología y los distintos ámbitos de la realidad han terminado por acelerar el ritmo de la vida, como si aspirásemos a perfilar la multiplicidad del ‘bullebulle’. Difícilmente puede propiciarse en este mundo, cuyo contorno está delimitado por el presentismo, la búsqueda de propósito, de sentido, capaz de aunar equilibradamente las distintas dimensiones temporales.

 

 

Nuestra constitutiva lentitud contrasta con este escenario global proclive a la uniformidad completa y al incremento exponencial de lo incierto. Solamente la reflexión, la espera (Köhler, 2018), hace posible que podamos tomar conciencia de nuestra perspectiva temporal, apercibirnos de que el auténtico crecimiento precisa de valoración del pasado a la vez que de ideación del futuro, procurando integrar las diferentes perspectivas del modo más armónico posible. En tanto que poseemos la capacidad de razonar, recordar e imaginar, nuestro bien depende de una visión lo suficientemente amplia como para poder configurar nuestra identidad, irreductiblemente, mediante la narración integrada de los diversos momentos. Nuestra identidad personal está estrechamente ligada al tiempo, a sus diversas dimensiones. No es que sea el único factor que nos modela, pero constituye un eje fundamental. La orientación temporal que adoptemos, nuestra conciencia y actitud hacia el tiempo, ejerce una honda influencia en nuestra vida y en nuestro entorno. Emerge aquí precisamente la educación como fuente y medio de cambio.

 

 

No puede comprenderse la acción educativa desvinculada de la orientación temporal. Más aún, los encuentros y desencuentros entre tiempo y educación dependen asimismo de los horizontes de sentido que asumamos colectivamente. Considerar que el tiempo es un aspecto regulable dentro de las instituciones pone de relieve su conexión con el poder como variable explicativa, lo cual nos recuerda la necesidad de profundizar en el significado propio de las políticas educativas. La formación de una ciudadanía democrática, libre y participativa parece inviable sin una radical reconsideración del tiempo en los contextos donde se adoptan las decisiones de carácter político.

 

 

Intensificando la atención sobre el tiempo como coordenada de la experiencia personal y medio en el que desarrollamos nuestra vida individual y social, hemos realizado un estudio, publicado en la Revista Española de Pedagogía*, titulado: «Tiempo, poder y educación. Repensando la construcción de la identidad personal y las decisiones de la política educativa». En él, fundamentamos el valor antropológico del tiempo, concretado en el ámbito de las actitudes, poniendo de relieve el valor decisivo que presenta el dominio del tiempo, en las circunstancias actuales, para el florecimiento personal y la configuración de nuestro estilo de vida. Igualmente, ahondamos en las interacciones entre tiempo y poder, revelando los principales elementos potenciales de cambio y de confrontación, a la vez que desvelamos la influencia de lo episódico, lo coyuntural y lo establecido a largo plazo en las preferencias, mecanismos y agendas de las actuales políticas educativas.

 

 

La investigación contemporánea sobre la psicología del tiempo ha establecido la «perspectiva temporal» como la actitud personal que tenemos hacia el tiempo y hacia el proceso mediante el cual el discurso de la vida se estructura confiriendo orden, coherencia y significado a nuestra existencia. Se deduce del conjunto de estudios la necesidad de fomentar una perspectiva temporal equilibrada y flexible, asociada a la felicidad personal (Zimbardo y Boyd, 2009; Crous, Casas y González-Carrasco, 2018; Durayappah, 2011; Gao, Wu y Zhai, 2015).

 

 

Tradicionalmente, ha sido objeto de atención la organización del tiempo escolar, relativo al aprovechamiento del aprendizaje formal. Sigue siendo del máximo interés, especialmente en la medida en que se focalice su práctica en la necesidad individual de tiempo y la consecuente mayor calidad formativa (Kivimaki y Meriluoto, 2018; Mark y Vogel, 2009). Quizás estemos en una encrucijada clave, donde una de las direcciones posibles señala hacia la necesidad de abrirse a una mejor vinculación del tiempo personal con las distintas esferas de la vida (Livingston y Doherty, 2020), indicándonos el camino hacia metas de mayor plenitud. De nosotros depende en buena medida que las exigencias del actual «lifelong learning» no se circunscriban a la mera supervivencia, dando paso al despliegue de la capacidad de inquirir sobre el sentido de nuestra propia vida y a la distribución de nuestro tiempo de modo que nos permita alcanzar una vida más lograda.

 

Suelen contener, las políticas de hoy, un sentido cuantitativo del tiempo, como parámetro neutral, con sus aportaciones a determinados aspectos del rendimiento en el servicio público que dispensa la educación, pero con el riesgo de reducir la percepción pública de la educación a ciertos aspectos estandarizados (Bates, 2019). La adopción de una perspectiva temporal equilibrada reclama más autonomía institucional y desprendimiento de una visión estrecha de lo educativo reducida al ámbito estrictamente cognitivo y académico. En el plano de las decisiones políticas se debería prestar una mayor atención a estas demandas (Díaz, Kawada, Chávez y Monzón, 2019).

 

 

No ignoramos las dificultades que presenta la consideración de la competencia temporal personal ‒esa orientación equilibrada a la que nos referimos‒, y su impacto social en el diseño y desarrollo de las políticas de la educación. Hallamos, de este modo, diversos elementos que suscitan controversia y nos desafían e interpelan, a la vez que posiblemente alberguen nuevas potencialidades por explorar en el camino deseado de una reivindicación renovada de la dignidad humana. En este sentido, en su interacción con el tiempo, como forma de comprender e interpretar la realidad política, conviene indagar en el lenguaje empleado, los nuevos escenarios que transforman la escena política, las narrativas del poder, la racionalidad de la política educativa, las posibilidades innovadoras del aprendizaje a lo largo de la vida, y la política supranacional. Problemas todos ellos analizados en nuestro artículo, ya referido.

 

 

La organización equilibrada del tiempo incide en la posible conquista de una identidad personal plena, manifestando la relevancia de la dimensión ética y cambiando nuestro estilo de vida. Pero estos procesos de personalización educativa están vinculados a las metas que nos proponemos colectivamente, por lo que precisamos una honda revisión del poder en las complejas interacciones que se dan entre tiempo y educación.

 

 

Consideramos que un mejor gobierno de nuestra orientación temporal puede cambiar profundamente nuestro comportamiento y contribuir a un mayor bienestar general. Se precisa, consecuentemente, una nueva sensibilidad educativa, abierta a una consideración completa de la formación humana. Todo ello implica cierta transformación en nuestros estilos de vida, lo que dirige nuestra atención hacia las complejas interacciones entre los contextos de práctica educativa y aquellas instituciones en las que se toman las decisiones que condicionan los marcos de convivencia. Sin la reconsideración de las decisiones políticas hay demasiados cabos sueltos como para ser obstinadamente optimistas. La búsqueda de fórmulas conciliadoras entre las exigencias normativas y el clamor de una nueva distribución y uso individual y colectivo del tiempo, requiere esfuerzos incesantes de toda la sociedad, si nos apremia preservar lo mejor de nuestra condición humana.

 


 

Cómo citar este artículo: Bernal Guerrero, A., Valdemoros San Emeterio, M. Á. y Jiménez Eguizábal, A. (2020). Tiempo, poder y educación. Repensando la construcción de la identidad personal y las decisiones de la política educativa | Time, power and education. Rethinking the construction of personal identity and educational policy decisions. Revista Española de Pedagogía, 78 (277), 377-394. doi: https://doi.org/10.22550/REP78-3-2020-02