N.º 275 Francisco Altarejos: la filosofía de la educación hecha vida

 

El pasado 4 de agosto falleció en su casa de Pamplona el Catedrático Francisco Altarejos, profesor emérito de la Universidad de Navarra. Nacido en Valencia en 1949, se licenció en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. En 1978 obtuvo la cátedra de instituto y en 1980 presentó la tesis doctoral en la Universidad de Navarra. Cuatro años más tarde se convirtió en uno de los catedráticos en Filosofía de la Educación más jóvenes de España. Profesor de la materia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, fue Director del Departamento de Pedagogía Fundamental, Vicedecano de Ciencias de la Educación, y Director del Programa de Doctorado en Educación desde 2002 hasta su jubilación.

 

Mis recuerdos sobre el profesor Altarejos se remontan a los años en los que yo estudiaba Ciencias de la Educación en la Universidad de Navarra. Puedo rememorarlo perfectamente, como estudiante de tercer curso, impartiendo la asignatura de Filosofía de la Educación, porque su maestría era verdaderamente impactante: sabía poner ejemplos y hacer uso de metáforas en el lenguaje que nos tocaban en lo más profundo y nos hacían pensar.

 

Si pienso en unos pocos conceptos que puedan sintetizar su rica aportación intelectual, los resumiría brevemente en tres: felicidad, acción educativa y maestro. Cómo no recordar aquellas preguntas sobre qué significaba ser feliz para cada uno de nosotros, qué momentos felices de nuestra vida recordábamos, qué tipo de actividad suponían, etc. En esa línea, su libro Educación y felicidad (1983) fue pionero de toda una corriente de pensamiento que años después se ha hecho visible en el mundo anglosajón.

 

Durante aquel curso en que fui su alumna por primera vez, recuerdo que me sorprendió mucho que, al terminar uno de los primeros días de clase, me preguntara por mis intereses académicos, por mi origen geográfico y por el clima de la clase. Me animó, como hacía con todos, a tratar de unir teoría y práctica para mejorar mi formación. Era habitual en él una gran proximidad con las personas —alumnos, colegas— fruto de su gran corazón, de su magnanimidad para acoger y hacerse cargo de cada uno, de cada una, en su más variada diversidad de estilos y modos de ser.

 

Me llamó la atención en este sentido, hace pocos días, una anécdota que me contó un catedrático de una universidad española de cuando Paco —así le llamábamos de modo familiar— ganó la oposición de Profesor Agregado en la Universidad Complutense de Madrid. El narrador era entonces ayudante en esa universidad. Tras ganar la plaza y celebrarlo debidamente con los miembros del tribunal, Paco se marchó con los jóvenes ayudantes a celebrarlo también en casa de uno de ellos, que hizo gustosamente de anfitrión.

 

Tuve la oportunidad de hacer la tesis doctoral con Francisco Altarejos y, gracias a su sugerencia, me atreví a abordar un tema tan complejo como la dimensión educativa de la retórica y la poética aristotélicas, tras haber hecho una incursión previa —bajo el magisterio del profesor Emilio Redondo— en el De Magistro de San Agustín. Para entonces, su salud ya era un tanto frágil. Sin embargo, en las reuniones que podíamos tener se preocupaba por explicar, por hacer preguntas y me «dejaba hacer». Cuando finalizábamos, siempre me preguntaba por los demás doctorandos y colegas de la joven sección de Ciencias de la Educación, a los que seguía personalmente en su recorrido, algo que todos valorábamos enormemente.

 

Recuerdo también su serena personalidad y sus profundos conocimientos; el fluido manejo de la extensa bibliografía de su área y su amplia cultura general; su aguda inteligencia y su sentido del humor. También aprendí mucho de él sobre hacer y desaparecer. Desde el punto de vista académico, si pienso en un concepto de su magisterio que despertara vivamente mi interés fue el de praxis: la educación como praxis, y la distinción entre la actuación educativa como acción inmanente y como actividad productiva.

 

Algunos autores provocadores se han alzado recientemente como voces críticas en el debate contemporáneo respecto a la naturaleza, los objetivos y el alcance de la Filosofía de la Educación. Concluyen, algunas de ellas, con la recomendación de buscarle un final digno. Lógicamente, esta afirmación no surge en el vacío, sino que es fruto de toda una corriente de pensamiento que subraya la necesidad de un conocimiento situado histórica y culturalmente. Desde esta perspectiva se observa a la Filosofía de la Educación como un proyecto fallido, ya que formular generalizaciones teóricas universales no es solo una meta compleja, difícil de alcanzar, sino un objetivo imposible que nunca podrá lograrse, una aspiración inútil.

 

Así es como la crítica posmoderna plantea cuestiones interesantes que pueden ayudar a repensar la educación: quedan aún muchas respuestas en el aire y eso supone un reto para nuestra disciplina. El profesor Altarejos y quien escribe asumimos ese reto en su momento. Efectivamente, será el fin de una reflexión sobre la educación si la entendemos como los positivistas lo hicieron, pero no si somos capaces de responder a los desafíos que tiene hoy planteados. En nuestro fructífero libro Filosofía de la educación (2000) tratamos de seguir esa estela.

 

Por último, me gustaría subrayar una tercera idea que muestra la figura del profesorAltarejos: su magisterio. Para comprender este último aspecto de su vida y su obra me parece especialmente acertada una imagen que aparece en el libro Elogio de la transmisión (2005), de G. Steiner y C. Ladjali. Ahí se dice que el maestro goza y sufre con “la profesión más enorgullecedora y […] la más humilde que existe” (p. 65), ya que enseñar es ser cómplice de una posibilidad trascendente. Todas las publicaciones de Francisco Altarejos en torno a la dimensión ética de la educación avalan esta idea: Dimensión ética de la educación (1999) o Subjetividad y educación (2010), entre otras.

 

Con el paso de los años, cuando la salud le falló inexorablemente y se vio obligado a dejar la actividad académica, fue cuando yo retorné a Pamplona, tras unos pocos años fuera de la Universidad por razones familiares. Por supuesto, seguí manteniendo relación con él, aunque para evitar cansarle las visitas no siempre fueron todo lo fluidas que hubiéramos querido. Ya jubilado, nos visitaba en la Facultad con la frecuencia que podía, o aprovechando la estancia de algún profesor que estaba fuera y volvía temporalmente. Su presencia siempre conseguía que todos nos agrupáramos a su alrededor para escucharle, aunque él se esforzaba, sobre todo, en hacernos hablar a los demás.

 

En distintos momentos buscamos la oportunidad de hacerle un debido homenaje, pero nunca fue posible por su frágil situación. En mayo de 2019 tomamos la decisión de elaborar un volumen en su honor invitando a todos los catedráticos y profesores titulares de universidades españolas del área que le habían conocido y tratado. La respuesta fue excelente, como era de esperar. Incluso quienes le trataron con menor intensidad destacan su gran humanidad, su brillante pensamiento y la preocupación que mostró por ayudarles en sus asuntos profesionales y vitales. Todos los que pudimos

 

disfrutar de su docencia sabemos de la excelencia de su magisterio, su fina intuición investigadora y su gran calidad humana. Catedrático de gran corazón, supo ocuparse realmente de la educación y la felicidad de cada persona. Ahora estamos inmersos en la elaboración del libro, con un doble motivo. Sus discípulos y colegas le rendimos el honor que merece su vida y su obra, y nos unimos a su familia en el dolor por su pérdida.

 

Concepción Naval

 

Referencias bibliográficas

Altarejos, F. (1983). Educación y felicidad. Pamplona: Eunsa.

Altarejos, F. (1999). Dimensión ética de la educación. Pamplona: Eunsa.

Altarejos, F. (2010). Subjetividad y educación. Pamplona: Eunsa.

Altarejos, F. y Naval, C. (2000). Filosofía de la Educación. Pamplona: Eunsa.

Steiner, G. y Ladjali, C. (2005). Elogio de la transmisión. Madrid: Siruela.