Mínguez, R. y Romero, E. (Coords.) (2018). La educación ciudadana en un mundo en transformación: miradas y propuestas. (Marina Pedreño Plana)

Mínguez, R. y Romero, E. (Coords.) (2018).

La educación ciudadana en un mundo en transformación: miradas y propuestas.

Barcelona: Octaedro. 159 pp.


 

Si bien es cierto que existe un consenso implícito sobre la educación ciudadana como parte constitutiva de la tarea pedagógica, cuestiones como la finalidad a la que responde o el modo en que ha de plantearse no parecen tan claras. Al mismo tiempo, existe un descontento generalizado con las instituciones tradicionales que no parecen aportar directrices eficaces para atajar problemáticas sociales que afectan a la convivencia en sociedad.

 

En este contexto urge un cambio socioeducativo en la formación ciudadana de las nuevas generaciones, comenzando por llamar la atención de los agentes educativos sobre su pertinencia. Esta es precisamente la preocupación central con la que se compromete este libro. Para atender una empresa de tal envergadura, los profesores Ramón Mínguez y Eduardo Romero se rodean de colegas de reconocido prestigio que nos señalan distintas perspectivas y cuestiones a tener presentes sobre la educación ciudadana en la actualidad. En el primer capítulo, José Antonio Zamora reflexiona  cerca de la crisis institucional, partiendo del planteamiento de Martha Nussbaum de que la educación no ha de perseguir «la rentabilidad y el crecimiento » (p. 19). Defiende la formación de ciudadanos con capacidad crítica, necesaria para la comprensión mutua en una sociedad democrática y plural. A continuación, pone en tela de juicio los conceptos de ciudadano y burgués en la modernidad, así como las esferas económicas y políticas que operan en torno a ellos en un fingido segundo plano. La obligada conjunción de la dicotomía burgués-ciudadano, competencia- solidaridad que caracteriza a las sociedades modernas acaba por impregnar el ámbito pedagógico. Los esfuerzos por lidiar con esa fractura se traducen en la ausencia de la reflexión sobre los motivos que la sustentan y en la perpetuación de un quehacer educativo dual que termina por legitimar su propia contradicción. Por otra parte, el autor nos sitúa el fenómeno anterior en el marco de la tercera Revolución Industrial, caracterizada por la colonización de las tecnologías de la información y la comunicación. La educación acaba por asimilarse al credencialismo, quedando la formación restringida a las demandas de capital humano por parte del mercado. Así, la instrumentalización de los fines educativos se encuentra supeditada a las derivas pragmáticas de contextos cambiantes en los que los individuos quedan reducidos a la categoría de mercancía.

 

El segundo capítulo corre por cuenta de Miguel García-Baró quien se basa en las dos concepciones más fundamentales de la acción educativa para abordar la complejidad de factores intervinientes en el  aprendizaje humano como proceso sin término. De este modo, propone que toda persona tiene dos maestros: el yo, desprovisto de enseñanza pero dotado de unas capacidades a priori; y la realidad exterior, que nos inculca enseñanzas sin pedir permiso. Deteniéndose en primer lugar en lo que concierne a la docencia, argumenta que no son los maestros a quienes compete enseñar las cuestiones esenciales de la vida sino que ese encargo le corresponde a la realidad misma y la labor del maestro consiste en velar por que así sea. Por el lado que refiere a la realidad, García-Baró señala que desde temprana edad el niño persigue «el bien» y la propia existencia le avoca a diferenciar «lo agradable de lo bueno» (p. 58). Además, argumenta que el aprendizaje puede ser concebido desde cinco maneras distintas (técnicas, ciencias, arte, prudencia y sabiduría) que podrían entenderse de modo similar a las virtudes aristotélicas. Considera que la articulación adecuada de todas ellas dentro del planteamiento pedagógico actual no es asunto baladí como tampoco resulta de sencilla aplicación. Sin embargo, el olvido de una o más de las anteriores facetas de la educación la torna en exceso utilitaria o, lo que es peor, deshumanizada.

 

En el capítulo tercero, Alberto Gárate Rivera destaca lo abrumados e impotentes que se pueden llegar a sentir los docentes que desempeñan su labor en entornos precarios. Los vaivenes del sistema educativo la escasa claridad de las metas de enseñanza no generan más que desorientación entre el profesorado. Indica que la escuela se convierte así en «un factor de desarrollo que ofrece oportunidades desiguales» (p. 74). Ante tal situación, su propuesta se apoya en la pedagogía de la alteridad en contextos frágiles como discurso teórico que es desarrollado a partir de la acogida como reconocimiento del otro en su situación concreta, el testimonio como congruencia de la experiencia vital del docente y el sentido de la espera como creación de expectativas hacia lo venidero. Las condiciones que se han de dar para que todo ello sea plausible tienen que ver con la consideración de la naturaleza incierta y provisional del acto educativo, la confianza, el anclaje en el presente y el despojo del miedo. En cuanto al modo de indagar los anteriores postulados, el autor presenta investigaciones que se han llevado a cabo en CETYS Universidad, haciendo especial mención a los atributos que poseen los maestros que se enfrentan empedernidos a todas las tormentas.

 

Considera que la investigación narrativa y el relato de las experiencias de estos docentes

pueden constituir herramientas valiosas en la formación del profesorado. José Antonio Ibáñez-Martín reflexiona en el cuarto capítulo acerca de dos temáticas no exentas de controversia como son el concepto de patria y la ciudadanía en el contexto europeo actual. Partiendo de la idea de que desde la creación de la Comunidad Económica Europea hemos presenciado la etapa de mayor prosperidad, el autor se plantea si ha alcanzado su cenit a través de la pregunta: «¿Vive hoy Europa esa crisis de los 60 años?» (p. 96). Pese a los desafíos a los que se ha de hacer frente para construirun porvenir deseable, Ibáñez-Martín argumenta con elocuencia el concepto de patria

en relación con España y con Europa, no siendo descabellado si se esboza desde ciertos

términos. La consideración de Europa como la propia patria requiere de la puesta en cuestión de los cimientos axiológicos y normativos sobre los que se apoya, así como

de la viabilidad y el modo de hallar un punto de acuerdo en lo que a juicios morales compartidos se refiere. En lo que respecta a un proyecto de vida en común, el autor expone una serie de recomendaciones en torno a las que vertebrar acciones básicas de carácter prioritario. En última instancia, «sentir a Europa como patria» (p. 116) implica educar para la cooperación, la amplitud de miras, el sentido crítico, el privilegio del bien

colectivo sobre el individual y la realización de la Carta de Derechos Fundamentales de

la Unión Europea. En el quinto capítulo, Wiel Veugelers hace hincapié en los valores morales y la educación para la ciudadanía, distinguiendo seis niveles curriculares que oscilan desde el ideal formulado hasta los aprendizajes reales del alumnado. La reflexión sobre todos ellos es muy necesaria, como también sobre las perspectivas individuales desde las que se entienden «los valores morales, los objetivos y las prácticas de educación para la ciudadanía» (p. 124).

 

Tratando de dar un paso más allá en la clarificación de estos asuntos, presenta los resultados de algunos de sus estudios en los que se encontraron tres tipologías distintas de objetivos educativos (disciplina, autonomía y compromiso social) cuya interacción desvela, a su vez, tres tipos de concepciones sobre la ciudadanía (adaptativa, individualizada y crítico-democrática) y, por ende, tres modos de concebir las

prácticas de educación para la ciudadanía las cuales se manifiestan de manera más o

menos explícita según el contexto geográfico al que nos refiramos. Para el caso de

Europa, Veugelers pone de relieve valores comunes como son: la democracia, especialmente en lo referente a la participación, la política democrática y la sociedad

democrática; y la tolerancia, en lo tocante a «las relaciones personales, la tolerancia

hacia otros grupos sociales o culturales y una sociedad inclusiva» (p. 132). Para finalizar, el autor expone diversas conclusiones y recomendaciones políticas y curriculares, destacando la pertinencia de una estrategia educativa adecuada a la actualidad.

 

María Rosa Buxarrais Estrada inicia el sexto capítulo apuntando cómo asistimos impasibles a la crisis que ha traído consigo la globalización en diversas esferas del

funcionamiento cotidiano a nivel macro y micro. Nos encontramos ante una realidad desconcertante por las veloces transformaciones acontecidas en «la vida social, ambiental, humana» (p. 142). La autora argumenta cómo la revolución tecnológica

plantea simultáneamente nuevas oportunidades y complejas cuestiones éticas que requieren de un tratamiento educativo sobre los valores que orientan nuestra sociedad. Sobre este asunto, Buxarrais nos señala la conveniencia de rescatar la clasificación de valores propuesta por Trilla (1998) por su utilidad para el abordaje específico de los valores como contenido de enseñanza. A su vez, aboga por reorientar la educación ética y cívica mediante la adopción del enfoque de la ética del cuidado por «su compromiso con las relaciones, el amor y la ciudadanía democrática» (p. 150). Las numerosas virtudes de este planteamiento acoplan muy bien con las necesidades actuales en materia de educación cívica, motivo por el cual suscribe el concepto de ciudadanía cuidadora. La traducción del término a la práctica pedagógica requiere de espacios y tiempos donde el alumnado ha de dar y recibir cuidados, donde se refuercen los valores de la responsabilidad y el compromiso social y en los que los agentes educativos sean los primeros que profesan el arte del mirar y el cuidar.

 

A modo de cierre, podemos afirmar que este libro supone una interesante contribución para comprender y considerar los acuciantes retos que ha de enfrentar la educación ciudadana en la actualidad. Además, constituye una herramienta indispensable para la formulación de acciones pedagógicas en la materia porque alumbra caminos ante determinados asuntos que, aunque puedan pasar desapercibidos en la práctica cotidiana, son de vital importancia para la sociedad que estamos construyendo.

 

 

Marina Pedreño Plana