Garrido Gallardo, M. A. (Ed.) (2021). Una hoja de ruta. La pretensión cristiana en la época posmoderna (Luis Alburquerque).

Garrido Gallardo, M. A. (Ed.) (2021).

Una hoja de ruta. La pretensión cristiana en la época posmoderna.

Rialp. 164 pp.


Volumen formado por ocho colabora­ciones publicadas en diferentes núme­ros de Nueva Revista de Política, Arte y Cultura, reunidas aquí por el editor de la revista y de esta publicación para cons­tituir un ensayo en torno a la pregunta de cómo se ha pasado en Europa (y no solo en Europa) de la civilización cristia­na y occidental a la cultura posmoderna y cómo la cultura tradicional reivindica su razón de ser en el nuevo marco de la dictadura del relativismo.

El propio editor, Miguel Ángel Garrido Gallardo, profesor de investigación en el Grupo de Análisis de Discurso del CSIC, abre el libro con un capítulo titulado Qué está pasando (pp. 13-26) en el que analiza la sucesión de tres relatos sucesivamente dominantes en la cultura occidental du­rante el último siglo: relato cristiano, rela­to marxista y relato posmoderno.

Constata que se ha caído en un relati­vismo absoluto, «vivimos en una feria, en una pista de coches de choque en que cada uno puede conducirse como quiera con tal de no chocar con el de al lado». Pero cons­tata también una paradoja:

en una sociedad del relativismo absolu­to tendría que tener cabida el que acepta que existe la verdad, el que busca la ver­dad (una manía más); sin embargo, en la sociedad posmoderna, el relato con funda­mento es la única opción que no se acepta y esto ocurre porque se piensa que aquella persona que confía en la verdad es poten­cialmente violenta, ya que quien está con­vencida de la verdad tenderá a imponerla, incluso por la fuerza […]. Cierta antigua Inquisición resurge. En la antigua, atre­verse a proferir la discrepancia con la Ley de Dios, llevaba a la hoguera; en la actual, atreverse a manifestar la conformidad con­duce, al menos, a la muerte civil (p. 23).

He ahí la suprema dificultad.

El pensador holandés Rob Riemen, fundador de Nexus Institute, cuenta en su aportación (pp. 27-38) la discusión sobre los límites de la ciencia de la que fue testi­go en un simposio celebrado en Hannover. En un estilo literario y muy sugerente, se suma a la adhesión de uno de los inter­vinientes a la percepción que nos ofrece Wittgenstein, quien era filósofo e ingenie­ro y arquitecto, al final de su Tractatus logicophilosophicus: «Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones de la ciencia hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han roza­do en lo más mínimo. Por favor, piensen un poco en lo que Wittgenstein quiere que entendamos» (p. 32).

Con el título de Verdad, belleza y bien en Roger Scruton (pp. 39-54), el escritor En­rique García Máiquez ofrece una vigorosa semblanza del gran debelador de la cultu­ra posmoderna, de lo hoy políticamente co­rrecto. Así lo resume García Máiquez:

Este recuento es un poema de timbres épicos que nos recuerda que no podemos acabar esta semblanza de Sir Roger Scru­ton sin señalar que su figura ha adquirido perfiles quijotescos. Acometió los molinos de viento del nihilismo y ha demostrado que no eran fantasmagorías, sino podero­sos sistemas de pensamiento, con compli­cidades en comodidades subjetivas y pere­zas compartidas, que podían moler, como quien no quiere la cosa, los valores de Oc­cidente. Scruton se ha negado al nihilismo y se ha rebelado contra el reduccionismo, poniendo patas arriba los postulados de la postmodernidad.

El capítulo recoge la síntesis del pensa­miento de Scruton, una enmienda a la to­talidad, desde la metafísica, que no dejará a nadie indiferente.

El capítulo siguiente (pp. 55-66) lleva el título irónico De que el mono desciende del hombre y es una reseña que hace Ga­rrido Gallardo al libro póstumo de Tom Wolfe, El reino del lenguaje (2016). El lenguaje es el lugar donde se encuentra la frontera entre el ser humano y el animal. Muy conocida es al respecto la historia de la lectura ideológica del libro El Origen de las especies de Darwin. Pues bien, Tom Wolfe fustiga a Chomsky por su rendición a lo políticamente correcto que permite esa lectura ideológica. Sin duda, Noam Chomsky es el lingüista por antonoma­sia de la segunda mitad del siglo xx, por descubridor de un planteamiento que ha dinamizado —un paso más— la investi­gación lingüística de los últimos sesenta años. Pero ¿y el lenguaje mismo? A jui­cio del autor del artículo la documentada diatriba de Wolfe contra el cientificismo encierra una clara enseñanza: después de tantos dimes y diretes sobre si el hombre desciende del mono va a resultar que el mono desciende del hombre y tuvo que generar un desarrollo de facultades del que el hombre, por tener inteligencia, no tuvo necesidad.

La conferencia del filósofo Juan Ara­na, Posthumanismo y transhumanismo (p. 66-94), examina las transformaciones de las preguntas metafísicas clásicas que se formula el ser humano (¿de dónde ven­go?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy?) que han surgido al calor de la acogida relativista de las nuevas tecnologías: transhuma­nismo (¿a dónde vamos?) y poshumanis­mo (¿qué seremos?). El transhumanismo radical viene a afirmar que no hay otros límites de transformación que los que la tecnociencia imponga y el posthumanis­mo prevé, en consecuencia, como final, una categoría de seres que ya no serían humanos, aunque sí sus legítimos herede­ros. Transhumanismo y poshumanismo suponen intentos de reducir la metafísica a física y anula el trabajo de la filosofía y de la religión.

Con buenas razones, recuerda Ara­na, ha desbaratado Roger Penrose, entre otros muchos que se van aduciendo, las pretensiones de todos los humanismos no biologicistas. Estos necesitan como primera providencia reducir la mente humana a un complejo algoritmo lógico. La mente humana simplemente no fun­ciona así. No es un programa informáti­co susceptible de ser activado en los más variables soportes. La unión entre cuerpo y alma es mucho más íntima que lo que Platón, Descartes y los transhumanistas cibernéticos pretenden. Y por lo que se refiere al polo psíquico del hombre, tam­poco se reduce a una mera funcionalidad fisiológica o bioquímica. La quimera, nos dice Arana, se con­vierte poco a poco en pesadilla, «el paraíso prometido cobra acentos infernales y por último solo nos consuela que, como los ma­los sueños, estallará en un momento dado como pompa de jabón» (p. 93).

El capítulo que firma el catedrático de Filosofía del Derecho Andrés Ollero trata de Fe y Razón (pp. 95-104) y es amplia­mente coincidente con el pensamiento de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI). Aten­diendo a la configuración académica de este texto, puede ser lo más eficaz, para los límites de esta reseña, la invitación a su atenta lectura y la transcripción aquí de la página final:

[Benedicto XVI sugirió en Regensburg que] la ausencia en la aceptación de una ley natural, racionalmente accesible, re­trasaría inevitablemente la posibilidad de entablar diálogo con la modernidad. Solo esa ley natural racionalmente compartible podrá dar paso a un «diálogo de las cul­turas», invitando a los posibles interlocu­tores a acceder a «este gran logos, a esta amplitud de la razón». No menos lejos de esa capacidad de diálogo se encuentran, a juicio de Habermas, los laicistas que olvi­dan que el Estado liberal «no puede des­alentar a los creyentes y a las comunidades religiosas para que se abstengan de mani­festarse como tales también de una mane­ra política, pues no puede saber si, en caso contrario, la sociedad secular no se estaría desconectando y privando de importantes reservas para la creación de sentido». En efecto, se sugirió en paralelo, «las culturas profundamente religiosas del mundo con­sideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas». Tan grave como la falta de fe de quienes pretenden monopo­lizar la razón puede acabar resultando la escasa afición a la reflexión y argumenta­ción racional de no pocos creyentes. De ahí que sea un auténtico regalo haber contado con la orientación de un papa que ejerce de Defensor rationis (p. 104).

La mujer actual (pp. 105-117), de la profesora de la Universidad Carlos III María Calvo Charro, afronta la cuestión del feminismo. Recordemos que feminis­mo conoce diversas acepciones: 1) femi­nismo universal que defiende la igualdad esencial de las personas y se rebela contra las inercias históricas que discriminan a las mujeres; 2) feminismo que proclama la identidad de ambos sexos, más allá de la consideración de los datos que se acep­tan sobre la existencia de un dismorfis­mo sexual innato; 3) seguramente entre otros, feminismo incrustado en la ideolo­gía de género (por cierto, no tratada explí­citamente en este libro) que considera el género una condición o una opción y que choca inevitablemente con los postulados de 2).

Pues bien, aquí la autora defiende que no pocas mujeres quieren ser ellas mismas, aportando sus valores y cualidades, y están dispuestas a luchar contra los roles socia­les que les impone un trabajo según los cánones masculinos que implica renunciar a la maternidad y despreocuparse de la fa­milia. Es una posición a contracorriente no solo de 3), sino también de 2). O sea, políti­camente incorrecta a más no poder. El excelente análisis del discurso pos­moderno que nos ofrece el libro se com­pleta con el texto titulado Merece la pena vivir (pp. 117-160), que contiene una ex­tensa entrevista del premio Cervantes re­cientemente fallecido José Jiménez Lozano (1930-2020), realizada por Guadalupe Ar­bona Abascal y Juan José Gómez Cadenas, y un breve relato del autor, también publi­cado en Nueva Revista. En un delicioso tono conversacional, cierra en clave testimonial, más allá de cualquier intencionalidad ex­plícita, el gran interrogante que supone el volumen sobre lo políticamente correcto y la cultura posmoderna en general.

Tras la lectura del final, recordamos que el editor sugiere al principio que, del libro, se deduce un doble corolario: el valor de la afabilidad y la primacía del testimo­nio en servicio de la tradición humanista. Como existe el prejuicio de que quien cree en la verdad la impondrá (si puede) por la fuerza, será una persona violenta, hay que evitar dar ocasión (ni siquiera pretexto) para pensar que esto es así. Y como cada modelo es autocoherente, las llamadas a una conversión no se deben centrar en la debilidad de este o aquel detalle de un mo­delo u otro, sino en el testimonio del pro­pio. En suma, la afabilidad, consecuencia menor de la caridad (amor incondicional), adquiere una importancia inusitada, y el primado de la praxis («obras son amores y no buenas razones») es el argumento apo­logético por excelencia, no hay nada que se pueda comparar con él.

En el contexto de la revista de educa­ción en que se publican estas líneas, Una hoja de ruta nos enseña, como conclusión, que la educación en valores exige hoy como nunca un doble subrayado: en afabilidad y en coherencia.

Luis Alburquerque