Buxarrais, M. R. y Vilafranca, I. (Coords.) (2018). Una mirada femenina de la educación moral. (Eric Ortega González )

Buxarrais, M. R. y Vilafranca, I. (Coords.) (2018).

Una mirada femenina de la educación moral.

Bilbao: Desclée De Brouwer. 233 pp.


«Le siècle prochain sera féminin, pour le meilleur ou pour le pire», reza la filósofa Julia Kristeva en la introducción general de su obra Le génie féminin (p. 11), dedicada a Hannah Arendt. Y si bien podemos juzgar su juicio en base a criterios de verdad —y en ese caso podríamos sostener que Kristeva estaría en lo cierto, habida cuenta que la frase apareció publicada en 1999 y que el siglo xxi parece formar parte del marco epocal en el que mayor visibilidad en la esfera pública ha tenido la mujer—, también podríamos sopesar la sentencia de Kristeva en términos desiderativos o ideales. En este último caso, la obra que tratamos de recensionar trae a colación innumerables reflexiones dignas de atención. Porque por todos es compartido que es de justicia que las mujeres ocupen, tanto en términos históricos como en términos de rabiosa actualidad, el papel protagonista que les corresponde. Y es por todos conocido que la pedagogía, al menos en su cometido más originario, tiene algo que decir en la difícil tarea de hacer de lo justo algo deseable. A eso contribuyen, en parte, textos como el de Kristeva o, para el caso que nos ocupa, la obra coral que junto a las doctoras María Rosa Buxarrais e Isabel Vilafranca —ambas coordinadoras de la misma—, han escrito un total de veintiuna autoras.

Veintiuna autoras que tienen por objetivo dar visibilidad a los discursos que sobre educación moral han desarrollado trece pensadoras de muy distinta procedencia. Desde teóricas políticas como Hannah Arendt pasando por psicólogas evolutivas como Carol Gilligan o literatas como Astrid Lindgren (creadora del universo y las aventuras fascinantes de Pippi Lamstrung). Destacando, por ser mayoría, aquellas que se han dedicado o bien a la filosofía moral (como Victoria Camps o Martha Nussbaum) o bien a temáticas filosóficas afines (es el caso de Edith Stein, Virgina Held o Judith Butler, entre otras). Pensadoras, todas ellas, de orígenes y preocupaciones diferentes pero que a tenor de sus reflexiones pedagógico-morales nos obligan a plantearnos, tal y como lo recoge Marina Subirats en el prólogo de la obra, si existe una pedagogía moral específicamente femenina. Es decir, si entre las producciones intelectuales de mujeres y hombres —y en concreto, en las reflexiones en torno a la educación moral desarrolladas por las primeras— existe una diferencia que, de algún modo, proporciona cierto aire de familia a las reflexiones llevadas a cabo por cada uno de los géneros.

 

Y la respuesta, lejos de poderse dar en este breve comentario, sí nos ofrece un cierto marco sobre el que situar a las trece pensadoras antes mencionadas. Y lo hace al permitirnos dibujar un límite, una suerte de frontera entre dos cosmovisiones distintas, a saber: aquellas que desarrollan sus reflexiones pedagógicas en el seno del «universo mental androcéntrico» (p. 12) —véase el caso de Stein, Zambrano, Weil o Arendt— y que, por ello mismo, no entran en el cuestionamiento del marco patriarcal sobre el que su pensar acontece, dirigiendo los centros de atención de su pensamiento a aspectos que, en principio, no podrían quedar categorizados como específicamente femeninos; y aquellas otras —como Gilligan, Benhabib o Butler— que cuestionan dicho marco y que ponen el acento en las consecuencias que el silenciamiento de Diótima, aparecido históricamente a juicio de las autoras como resultado de ciertos planteamientos masculinos, ha supuesto en términos de vacío, desvaloración y menosprecio hacia una forma de arrostrar la educación moral que pone sobre el aspecto relacional del ser humano toda su atención. Y que tiene como ulterior propósito incorporar nuevas formas de argumentación moral que complementen, sin pretensión alguna de superioridad, la perspectiva universalista de ascendencia kantiana ampliamente desarrollada por Lawrence Kohlberg y sus colegas.

 

Un buen ejemplo de reflexión pedagógico-moral llevado a cabo en el interior del cosmos androcéntrico lo tenemos en María Zambrano (1904-1991). En el despliegue de la vida y obra de la pensadora malagueña desarrollado en el libro no hay lugar para la reflexión ni el cuestionamiento de los valores asociados tradicionalmente al pensamiento masculino. Ni siquiera para las innumerables omisiones que el pensamiento masculino ha realizado, con frecuencia, de las virtudes habitualmente vinculadas con la vida, su cuidado y mantenimiento. Sí nos encontramos, sin embargo, una acertada apelación al concepto de razón poética desarrollado por la filósofa, un buen dibujo del rechazo directo a los dogmatismos que tiene su máxima expresión en Horizonte del liberalismo, así como una muy oportuna exposición de la vinculación que Zambrano observa entre la conciencia ciudadana y la humanidad en la medida en que es en la polis, en la comunidad social a la que pertenece el ser humano, donde se fragua, en un ejercicio bidireccional —de ciudad a ser humano y de ser humano a ciudad— la verdadera conciencia humana. La gran enseñanza de Zambrano en términos de educación moral nos viene dada precisamente en relación a esto último. A ojos de la pensadora será el fin último de la educación el desarrollo de una conciencia histórica que situando al individuo en su contexto social le permita desarrollar una plena conciencia de quién es, es decir, le permita relacionarse con el pasado de una forma que supere el mero conocimiento de este, dándole la posibilidad de vivificar sus pensamientos, creencias y costumbres para así poder trascenderlo en aras de una vida más humana. Educar será, para nuestra autora, «poner lenguaje a todos los recovecos del alma humana» (p. 57).

 

El paradigma, en cambio, de autora que pone el foco en el concienzudo enmudecimiento de Diótima a lo largo de la historia del pensamiento se nos pone ampliamente de manifiesto en Carol Gilligan (1936). La que fuera discípula de Kohlberg va más allá de su maestro al poner en tela de juicio las interpretaciones que el psicólogo de Harvard realizó de los resultados de su investigación experimental sobre el desarrollo del juicio moral. La diferencia entre hombres y mujeres a la hora de reflexionar sobre situaciones morales dilemáticas, unido a la ausencia de mujeres en el estudio longitudinal de Kohlberg, llevó a Gilligan a tratar de comprender la especificidad con la que las mujeres tejen la urdimbre experiencial y narrativa con la que se enfrentan a sus conflictos orales. Y su planteamiento, expuesto como es bien sabido en su célebre In a different voice, nos ofrece la posibilidad de reparar sobre dos posibles formas de entender los conflictos morales, así como el camino que lleva a su resolución, una asociada tradicionalmente a lo masculino y otra a lo femenino. Mientras que la primera estaría atravesada por la búsqueda de la universalidad y, por lo tanto, implicaría un mayor énfasis sobre lo formal, la segunda estaría fuertemente afectada por el contexto en el que emerge el conflicto, dando prioridad a las necesidades, demandas de ayuda y responsabilidad que los participantes puedan requerir. La atención y el cuidado serán, para nuestra psicóloga, principios morales tan válidos —y complementarios— como la justicia y la imparcialidad. Y es que lo que Carol Gilligan fue capaz de desvelarnos —valiéndole, por ello, numerosísimas críticas— es una forma distinta de percibir y afrontar los dilemas morales que pone su centro de atención en las relaciones, así como en la responsabilidad que nos debemos todos los seres humanos. Educar será, para la psicóloga de Harvard, ser capaz de despertar, sea cual sea el género en el que uno se inscriba, dos formas de entender y encarar los conflictos morales que no haga ni de la universalidad moral ni de la relacionalidad humana su único estandarte.

 

Por supuesto, no podemos terminar esta reseña sin destacar dos aspectos, a mi juicio, capitales. El primero, la valentía tanto de las coordinadoras como de las autoras por componer una obra tan ambiciosa como necesaria, habida cuenta de la invisibilidad con la que las antologías pedagógicas han tratado el pensamiento pedagógico-moral femenino más allá de algunos casos excepcionales y habida cuenta, también, del androcentrismo del que aún hoy adolece la academia y que hace mirar con aires de suspicacia algunas magnánimas empresas colectivas como la representada en esta obra. El segundo, la elegancia y el buen hacer con el que las autoras resuelven la compleja tarea de resumir el trabajo tan dispar de trece pensadoras necesarias —si bien, siguiendo el tópico, no están todas las que son, pero sí son todas las que están— a través de un hilo conductor, fundamentalmente estructural, que da coherencia y continuidad al pensamiento expuesto, dando una más que interesante sensación de evolución en los contenidos, temas y tratamientos exhibidos.

 

En definitiva, nos encontramos frente a una obra coral, valiosa, destinada a saltar extramuros de la academia y en la que el lector paciente y atento encontrará, a caballo entre la mirada femenina y la admiración por la potencia intelectual desplegada por las trece mujeres seleccionadas, una fuente casi inagotable de genuino interés e inspiración.

 

Eric Ortega González