Vol. LXXVI (2018) - Nº. 269 Aprender a ser. Por una pedagogía de la interioridad.

Buxarrais, M. R. y Burget, M. (Coord.) (2016).

Aprender a ser. Por una pedagogía de la interioridad.

Barcelona: Graó. 184 pp.


«Conócete a ti mismo». Oráculo de Delfos.

Conócete a ti mismo y ocúpate de ti, entonces podrás ocuparte de los demás. Esta, quizás sea la máxima sobre la que se edifica el libro Aprender a ser. Por una pedagogía de la interioridad. Su lectura es una continua invitación a mirar hacia el interior para conquistar nuestro propio ser, y desde allí, conectar con el mundo exterior.

Contemplar, meditar, hacerse preguntas, escucharse, son algunas de las sugerencias, comunes a los dieciséis capítulos que forman la obra, para cultivar lo anímico, lo espiritual, lo emocional y lo racional, esto es, nuestra interioridad.

Bajo diferentes nombres o títulos, tales como Pedagogía de la interioridad, Habilidades para la vida, Autoconciencia, Yo místico, etc., sus autores indagan sobre el poder de la educación como guía en el complejo proceso de aprender a ser.

Con el único objetivo de evidenciar la importante necesidad de establecer una pedagogía para la interioridad, el libro se divide en dos partes. Una primera donde se hace un recorrido por distintas ideas y reflexiones teóricas sobre el ser como concepto. Y un segundo bloque que presenta prácticas reales en educación, en diferentes contextos, etapas educativas, y con actividades muy diversas.

Necesariamente, las propuestas que este libro recoge llevan a pensar en el informe Delors de la UNESCO de 1996 La educación encierra un tesoro, y en dos de los cuatro pilares sobre los que se sustenta Aprender a ser y aprender a vivir juntos, proponiendo un desafío a la educación del siglo XXI.

El primer capítulo, trata de cimentar la estructura de la pedagogía de la interioridad proponiendo al mundo de la educación a valerse de herramientas tan poderosas como el arte o la belleza para movilizar al ser tendencial del hombre hacia el conocimiento. Según esta teoría, la persona «es divisible» en tres dimensiones: esencial, existencial y tendencial; siendo de este modo el ser esencialmente universal y existencialmente único. Pero además, es un ser tendencial, esto es, es un ser incompleto, con deseos de perfeccionarse. Recordando tal vez a la admiración y el asombro aristotélico, el texto comprende esta ambición, como un motor para conocer. Admiración que surge de que el ser humano, aun siendo parte de la realidad, tiene la capacidad de preguntarse por ella, y por consecuencia de querer conocerla. El valioso papel de la belleza, y del arte, como impulsores al conocimiento, ha de ser reconocido y utilizado por la educación.

Conocer la realidad supone también, tomar conciencia de uno mismo, autoconocerse. En el segundo capítulo del libro, apoyándose en las evidencias actuales de la neurociencia, apuesta por la autoconciencia o metaconciencia, distinta de la conciencia, una reflexión sobre nuestra propia mente, nuestros pensamientos y la realización de un análisis crítico y de nuestro propio ser.

Cuando se habla de autoconocimiento, se pretende dar un sentido que va más allá de lo meramente superficial. Este conocimiento ha de llevar necesariamente al cuidado ético de las personas; es decir, el cuidado de uno mismo, y por consecuencia el de los demás. Cuidar al prójimo en palabras de Gilligan (1982) es ayudarle a crecer. A su vez, ser cuidadosos, nos puede ayudar a encontrar nuestro verdadero ser, y ser impulso de nuestro propio desarrollo.

El cuidado ético, descrito en el tercer capítulo, es vital para el desarrollo del ser humano, un ser que según Simone de Beauvoir (1949) «nace, crece y alcanza la plenitud anclado en un entramado de redes interpersonales afectivas». El contacto con los demás, ha de llevar al cuidado de los otros y de nuestro propio ser. Sin duda, las aulas son la primera red social, más o menos estable, donde poner en práctica el cuidado ético.

Los capítulos cuatro y cinco, siguiendo con la idea de cuidado ético, ponen el foco en el acompañamiento del alumnado, para responder a sus necesidades, y atender a sus emociones. Aparece el concepto de eneagrama, que describiendo nueve tipos de personalidad, propone buscar el perfil más cercano al alumno y aprovechar las potencialidades de cada uno. El eneagrama es una herramienta con gran potencial que muestra a cada alumno su «don» y le enseña lo mejor de sí mismo.

En los siguientes capítulos se insiste en un error frecuente en el que cae la educación actual. La educación de hoy generalmente va «hacia fuera», para «cumplir el currículo», o responder a cierta ley que no contempla o impide el desarrollo de otra pedagogía. Sin embargo, la educación ha de ir «hacía dentro», y una vez allí, comenzar a edificar puentes hacia el exterior, sin olvidar que la educación de la interioridad no está necesariamente limitada por el curriculum o por una ley concreta, puesto que se trata de un contenido que está presente en el día a día de las aulas.

La segunda parte del libro, y quizás la más atractiva, recoge ejemplos y puestas en práctica cuyo objetivo es la educación del ser y su relación con la interioridad descritas en distintas situaciones educativas.

La Universidad de Barcelona cuenta con una asignatura (Análisis de las relaciones educativas) en el Grado de Educación Social, que fue creada sobre la idea de que para relacionarnos con los demás es necesario previamente relacionarnos con nosotros mismos, con nuestra intimidad. Los resultados e impresiones de los alumnos de esta asignatura van de la sorpresa a la gratitud.

Sin embargo, las propuestas más numerosas se enmarcan en la educación obligatoria. Una ellas es la del IES Antonio María Calero, que se propone la práctica del reconocimiento a través de ejercicios cotidianos que no se enmarcan en ninguna ley o programa. Esta propuesta busca alcanzar la autoridad moral, en un escenario donde el rol docente se encuentra algo desdibujado. Busca la autoridad desde el reconocimiento del alumno, a través del saludo, del interés por sus sentimientos y sus preocupaciones.

Otras prácticas de interés, como la descrita en el capítulo nueve, ponen el acento en el ser corporal, cuyo conocimiento también resulta necesario para llegar al ser espiritual. La atención al cuerpo, a la pos‑ tura, a nuestra motricidad, son quizás la antesala de la interioridad. El capítulo 10, presenta un taller que tiene como meta el descubrimiento del ser interior. El silencio, la atención sostenida, la respiración, la meditación, el body scan, son utilizadas en muchas de las prácticas que aquí se presentan como válidas para conectar con nuestro ser interior.

Merecen mención, por tener tintes diferentes al resto de prácticas expuestas a lo largo del libro, la actividad de mediación del Proyecto GAC «a l´escola» de Barcelona. O el proyecto personal de la es‑ cuela Cor de María‑Sabastida, donde los educandos finalmente han de darse cuen‑ ta de que el mayor descubrimiento que van a hacer en la vida son ellos mismos.

En definitiva, conocernos a nosotros mismos es una tarea mucho más compleja de lo que podamos pensar a priori. Conocernos supone poner palabras a nuestros sentimientos y pensamientos, compartirlos, conectar interioridad y mundo exterior, escucharnos, cuidarnos y cuidar al prójimo, tomar un momento de silencio, ser conscientes de nuestro cuerpo, de nuestro ser corpóreo, de nuestra respiración, de nuestro espíritu, de lo que somos, lo que creemos ser y lo que podemos llegar a ser.

El reto que este libro propone es una aventura complicada y desconocida, un viaje hacia el interior de uno mismo. La invitación que la lectura de Aprender a ser hace, surge quizás sobre la idea de Luis Magriña, que Ylla Janer recoge en el prólogo del libro: «Lo que tenemos no tiene ninguna importancia. Lo que somos siempre lo llevamos encima». Algo que nos acompañará toda la vida merece sin duda alguna ser conocido, cuidado, mimado y por qué no, trabajado para hacer de ello, como proponía Foucault, una obra de arte.

Gema Pilar Sáez Suanes