Bellamy, F.-X. (2018). Los desheredados: por qué es urgente transmitir la cultura. (Esteban López-Escobar)

Bellamy, F.-X. (2018).

Los desheredados: por qué es urgente transmitir la cultura.

Madrid: Encuentro. 171 pp.


 

Este es un ensayo escrito por un joven docente y político francés, que trata de un problema francés y alude a algunos resultados del informe PISA negativos para Francia. Pero se proyecta más allá de este país. Merece la pena leerlo, porque es una advertencia y un estímulo, y por lo bien escrito y articulado que está, aunque pudieran añadírsele matices.

 

Al presentar esta obra, incluiré algunas reflexiones que me ha suscitado su lectura. Mi perspectiva es, fundamentalmente, la de la comunicación. Harold Lasswell, autor bien conocido en nuestro campo, escribió en 1948 un ensayo sobre la estructura y funciones

de la comunicación en la sociedad. Para él, las funciones básicas de la comunicación eran la vigilancia del entorno, la correlación o respuesta social ante la novedad, y la transmisión de la herencia cultural. Esta última idea, en el ámbito académico, está representada en el campus de la Universidad Complutense de Madrid en el grupo escultórico Los portadores de la antorcha, de Anna Hyatt Huntington, en el que un joven, inclinado sobre el lomo del caballo en que cabalga, recoge una antorcha de las manos de un anciano agotado que yace boca abajo en el suelo. Con estas referencias sugiero que la idea de la transmisión de la cultura es plausible y obvia, con todo lo que pueda suponer de apertura y condicionamiento.

 

François-Xavier Bellamy publicó el año 2014, en Editions Plon de París, el libro Les deshérités ou l’urgence de transmettre. El texto, que nos llega ahora en castellano, se corresponde con la edición francesa del año 2015, en la que incluyó un epílogo para aludir a los atentados terroristas que se produjeron ese año en París y otros lugares de Francia, y que confirmaron con su violencia —en buena medida producto de un vacío cultural (un vacío metafísico abisal, dice tomando la idea de Emmanuel Todd)— el presentimiento sombrío que el autor manifiesta en el libro. Tal presentimiento no significa una claudicación, ni es una queja melancólica; al contrario, el autor urge a una acción sensata que intente superar lo que yo llamaría una deriva hacia el Alzheimer cultural. Bellamy, nacido en 1985, enseña literatura y filosofía en l’École Blomet de París; es professeur agregé y uno de los vicealcaldes de Versailles tras las elecciones del año 2008. El título del libro quiere contrastar con el de la obra publicada en 1964, cincuenta años antes, por Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron: Les heritiers: les étudiants et la culture; pero no es simplemente una respuesta a aquel texto.

 

Bellamy propone que el abandono de la transmisión de la cultura en Francia es una claudicación consciente. Recuerda el momento en que un inspector general que daba la bienvenida a un grupo de docentes, entre los que se encontraba él mismo, les dijo: «Ustedes no tienen nada que transmitir ». Se pide que se eduque a los niños liberándolos de la cultura anterior. Se trata por tanto, señala Bellamy, de una conducta deliberada, e incluso explícita. «El niño debería lanzarse en solitario a la búsqueda de su  saber, de sus decisiones morales y de su destino» (p. 20).

 

En la primera parte del ensayo, Bellamy se refiere específicamente a tres autores cuyas ideas han contribuido al rechazo de la transmisión de la cultura en su país: Descartes, Rousseau y Bourdieu. Porque esa crisis «es el resultado, no de un accidente coyuntural, sino de una crítica muy profunda cuya genealogía se extiende a lo largo de varios siglos» (p. 25). Descartes propuso «deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente». Rousseau consideró que la cultura pervertía y alejaba al ser humano de la naturaleza, «única fuente de la sabiduría, de la virtud y de la felicidad». Y Bourdieu denunció el privilegio culpable de «los herederos», a los que su entorno social y familiar han preparado para ser la élite que llegará al poder. El saber se considera anti-igualitario porque favorece la auto-reproducción de las élites.

 

Como consecuencia se propone la deconstrucción de la cultura. Hasta el lenguaje, calificado como fascista por Barthes en 1977, se hace objeto de sospecha, «porque el fascismo no es impedir decir, sino obligar a decir». La propia lengua francesa aparece entonces como sospechosa, y es considerada como elitista y discriminatoria.

 

Cincuenta años después de la denuncia de Bourdieu, Francia se encuentra ante la penosa situación de los desheredados, que presenta Bellamy: «Queríamos denunciar las herencias; hemos hecho desheredados» (p. 21). El rechazo de la transmisión cultural conduce a un mundo que priva a las generaciones de la herencia que permite tener una verdadera identidad y unas raíces, y convierte a los seres humanos en individuos indiferenciados e indiferentes, actores y productos perfectos de la sociedad de consumo. Es imposible leer estas reflexiones sin recordar al hombre-masa descrito por Ortega y Gasset en su famoso ensayo La rebelión de las masas; aunque en la deriva de la escuela francesa, tal como la presenta Bellamy, sea más patente la erosión de cualquier referencia, la deliberada planificación de la pérdida de identidad.

 

«En el Emilio (de Rousseau), escribe Bellamy, se puede leer lo que constituye la carta fundacional de la educación contemporánea y lo que estructura, hasta sus detalles, nuestra visión compartida de la pedagogía» (p. 64): «Le enseño mucho más a ignorar que a saber», dice Rousseau hablando de su alumno. Emilio, convertido en un huérfano separado de sus padres, respetado como si él fuera el maestro, y protegido frente a los libros, se erige en el modelo educativo que ha ido predominando. Y «hoy —afirma Bellamy— los millones de Emilios que pueblan nuestras clases se encuentran, según el informe PISA, entre los más nerviosos, los menos disciplinados y los más absentistas del mundo».

 

Del respeto al diferente se ha pasado a la generalización de la indiferencia, a la insensibilidad para distinguir las diferencias y matices que —en buena medida— resultan cosa obvia. Y eso es, a mi juicio, una de las contradicciones de la desorientación pedagógica que se desvela en este ensayo; porque es manifestación de una situación cultural bipolar que busca una igualdad artificiosa, mientras que en muchos campos persigue la exquisitez en el matiz. Por eso me parece sumamente pertinente la referencia que hace Bellamy a la enología.

 

Tomemos el caso concreto de un universo particular: la enología; el vino es, ciertamente, una cultura en el sentido más simple del término porque es, en primer lugar, una agricultura. Para el profano, todos los vinos se parecen, más o menos. Se les identifica en rojos, blancos o rosados, son más o menos agradables; pero, más allá de estas consideraciones primitivas, su diferencia es imperceptible.

Para encontrarla hay que entrar en un saber, entrar en una cultura, desarrollar una experiencia, recibir los conocimientos necesarios para que aparezcan, finalmente, en el hueco del paladar, las resonancias singulares de cada cosecha, el eco siempre específico de una región, de una cepa, de una insolación, de una maduración… (p. 133).

La idea de privar a los seres humanos de su herencia nacional y familiar, olvidando quiénes son y por qué, e invitándolos a crearse y constituirse según sus propios gustos, deseos y apetencias me hace pensar en un contraste que, con frecuencia he propuesto a mis estudiantes: el que existe entre un huerto, un parque o un bosque, en el que los árboles y plantas tienen raíces que les atan al suelo, del que se nutren, y que les permite fructificar a pesar de su aparente falta de libertad, y el desierto en el que ruedan, desarraigados e infructuosos, esos amasijos de ramas secas que en Aragón llaman capitanas.

 

Bellamy insiste en que el hombre sin cultura ignora su propia humanidad. Y esto recuerda nuevamente a Ortega y, en concreto, su conocida observación de que mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse.

 

El autor del ensayo no cree que vaya a producirse un choque de culturas, sino más bien de inculturas. Y pide para su país no una cultura humanista universal, abstracta, sino una cultura particular: la francesa. Y urge a reaccionar, «si es que todavía estamos a tiempo». La esperanza —ardua— abierta hacia el futuro, incluyendoen ella las expectativas, no debería ser una coartada para entregarse a la amnesia, y ni siquiera un lenitivo para la desmemoria. Por eso el ensayo, aunque se centre en la actualidad francesa, puede considerarse como un aviso para navegantes en el mundo global en que vivimos.

 

Bellamy subraya el error de asimilar la libertad a la indiferencia, y propone una superación que requiere una autoridad que «ayude a distinguir lo verdadero de lo falso, lo mejor de lo menos bueno, lo que merece ser buscado de lo que merece ser abandonado» (p. 142). La deconstrucción de la autoridad que nos precede, con el objetivo de disponer de «todas las opciones indiferentemente abiertas ante nosotros» —al estilo de more choice, more freedom— para quedar supuestamente preservados de toda influencia, no significa libertad; la misma indiferencia nos impediría desear nada. Como dice Bellamy, «el retroceso de la cultura dejará tras de sí un mundo informe, monótono, en el que no se verán ni aspereza ni singularidad» (p. 142). Y percibir las diferencias requiere tanto la cultura como la autoridad.

 

Quiero concluir la presentación de este ensayo, aunque resulte aparentemente paradójico, mencionando lo que relata Bellamy en sus primeras páginas. Cuenta lo que sucedió el 12 de marzo de 2011 en la Ópera de Roma, cuando Ricardo Muti decidió —rompiendo su costumbre— acceder a un bis del coro de los hebreos Va, pensiero, tras escuchar un aplauso entregado y persistente. Muti, aún convaleciente de una intervención quirúrgica, se volvió hacia la sala: «Estoy de acuerdo, pero…», comenzó:

 

Como un italiano que ha recorrido mucho mundo, siento vergüenza por lo que está sucediendo en mi país. Por ello, estoy conforme con vuestra petición de un bis del Va, pensiero. No es solo por la alegría patriótica que siento sino porque esta tarde, mientras el coro cantaba «¡Oh, patria mía, tan hermosa y perdida!», he pensado que, si continuamos así, vamos a acabar con la cultura sobre la que se ha construido la historia de Italia. Y, en ese caso, nuestra patria quedará verdaderamente hermosa y perdida —y nosotros con ella.

 

Bellamy, recordando la gratitud que manifestó Albert Camus en su libro El primer hombre hacia el maestro que le acompañó durante su escolaridad en Argel, un maestro que alimentaba en los escolares «un hambre más esencial aún al niño que al hombre, y que es el hambre del hallazgo » (pp. 145-146), terminó su texto original de la edición de 2014 con «un agradecimiento infinito a los padres, enseñantes y educadores de ayer, de hoy y de mañana, implicados en esta magnífica y difícil misión de transmitir a los niños la cultura de la que son legítimos herederos» (p. 161).

 

 

Esteban López-Escobar