José Manuel Esteve. In memoriam PDF Print E-mail
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Una amistad que dura cuarenta años es muy difícil de resumir. Como ningún padre es capaz de hacerse a la idea de que su hijo muera antes que él, así yo perdí el aliento ante el fallecimiento, el pasado 22 de mayo, de quien fuera mi primer discípulo y un gran amigo. Me es duro escribir sobre él, pero no puedo dejar de hacerlo, también porque es el primer miembro del Consejo de Redacción de esta revista, entre los que se nombraron desde que soy yo el director, que nos deja.

Conocí a José Manuel Esteve en octubre de 1970. Pepe, tras concluir sus estudios de secundaria en Málaga, había realizado los cursos comunes de Filosofía y Letras en la Universidad de Navarra y llegaba a la Universidad de Madrid para estudiar en la sección de Pedagogía, que entonces no existía en Navarra. A primera vista era delgado, alto, patilludo, con grandes gafas, y residente en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, centro en aquellos años turbulentos de especial inquietud política. Pronto descubrí que era un chaval inteligente, estudioso, simpático y que tenía la frescura de la juventud. Me acordaré siempre de un día, en el que yo estaba invitado a almorzar por una persona para mi importante, a cuya cita no debía llegar tarde, que estando ya la clase para acabar, cerca de las dos de la tarde, de repente Pepe me preguntó qué pensaba sobre la situación caótica que con frecuencia caracterizaba entonces el quehacer universitario, y cuál era mi compromiso como profesor con estas cuestiones

Llegué tarde al almuerzo. Pero tenía que responder a quien en público me hacía una pregunta que ningún otro se había atrevido a formularme. Y quizá no le disgustó mi respuesta, a la vista de sus decisiones posteriores. Al terminar el curso, en el que por supuesto obtuvo Matrícula de Honor, como ya la había obtenido en otras materias de los cursos anteriores, le pregunté qué quería hacer en el futuro. Yo reparto a los alumnos una ficha impresa por mí, ficha que guardo ordenadamente, en la que, entre otras cosas, me intereso sobre la actividad profesional a la que desean dirigirse, a lo que Pepe había respondido con un interrogante. Como ya habíamos hablado otras veces, yo sabía de su dedicación a los Scouts, de su deseo por trabajar con la juventud y de tener una profesión de dedicación a los demás más que de ambición de dinero. Así, le animé a ver la Universidad como el lugar donde podría llevar a la práctica esos ideales, lo que le dije le exigiría continuar esforzándose por alcanzar unos buenos resultados académicos en los próximos dos años que le faltaban para terminar la carrera. Además, le hice una propuesta arriesgada: que trabajara conmigo. Conviene tener en cuenta que yo era entonces Catedrático de Instituto, pero en la Universidad no era más que un Encargado de Curso, no doctor, que había llegado hacía dos años a un Departamento con docenas de profesores.

La realidad, por tanto, era que yo no podía estar seguro de estar en condiciones de ayudarle en el futuro, ni él podía tener certeza alguna de que fuera prudente asentir ami ofrecimiento. Confiamos. Y acertamos. A partir de ese momento, trabajamos juntos con frecuencia. Sacó muy buenas notas, por lo que le dieron el Premio Extraordinario de Licenciatura, y fue obteniendo todas las becas que entonces había para estudiantes en sus circunstancias.

Además, le facilité un pequeño ingreso, dando clases de latín a un sobrino mío, que deseaba continuar estudiándolo y ya no se lo ofrecían en su colegio, al haber escogido el bachillerato de ciencias. También descubrí la convocatoria de un Premio a la Vocación, que convocó durante varios años una entidad gallega y que le hizo mucha ilusión cuando se lo concedieron. Junto a ello, le hice trabajar bastante, insistiéndole en la importancia de que aprendiera inglés—él sabía francés y algo de italiano— para poder conocer la discusión científica internacional del momento.

Le subrayé la importancia de entrar en contacto con los pensadores de la actualidad, y la conveniencia de fichar con cuidado sus ideas relevantes, de modo que se facilitara la reflexión sobre ellas y se pudiera citarlas con exactitud en el futuro.

En todo me hizo caso, no sin esfuerzo. Naturalmente, en cuanto me fue posible, le nombré Encargado de Curso y le abrí la posibilidad de trabajar conmigo en las guías didácticas de la asignatura de Teoría de la Educación, de cuya redacción me responsabilicé al iniciarse la Universidad a Distancia. Fue su primer trabajo escrito en la universidad, que llevó a cabo con gusto y con el cuidado habitual.

Por en medio, yo defendí mi tesis doctoral y luego gané plaza de Profesor Agregado de la Universidad Complutense, en 1975. Pepe fue uno de los pocos que asistió a la defensa de mi tesis, así como me ayudó a redactar algunas lecciones del programa de Filosofía de la Educación que yo presentaba a mis oposiciones, por lo que celebramos conjuntamente el éxito obtenido, que se había alcanzado tras superar no pocos avatares.

Poco tiempo después, en 1976 defendió su brillante tesis doctoral, Autoridad, obediencia y educación, que publicó Narcea en 1977, con un Prólogo mío, y que me mandó con una dedicatoria que decía «A José Antonio que me ayudó, se lo leyó y lo criticó un par de veces». El siguiente paso era ganar las oposiciones, lo que consiguió en 1980, por lo que pude nombrarle Secretario de la Sección que ese año presidí en el VII Congreso Nacional de Pedagogía.

Mi promesa realizada diez años antes se había cumplido y Pepe ya era un joven y reconocido profesor adjunto. A veces, usé con la gente joven la metáfora de la pista de despegue. Un profesor de universidad, les decía, debe pensar en el futuro y despertar vocaciones para la universidad. Para ello debe saber que sólo han de entrar en esa pista aquéllos que, según el juicio de muchos de sus profesores, son valiosos, del mismo modo que los que entran han de ser conscientes que hay que despegar en un tiempo limitado. A su vez, una vez que han despegado, quien les llevó a la pista ha de tener en cuenta que ya no está para dirigir el vuelo de otros.

Como es sabido, en 1978 se aprobó la Constitución. Ante esta nueva situación, le dije que él podía quedarse en Madrid, pero que por la novedad del Estado de las Autonomías, le recomendaba volviera a Málaga, donde estaba seguro tendría unas grandes oportunidades de progreso. Volvimos a acertar. En los treinta años que ha estado en Málaga ha desarrollado una gran carrera, en todas sus dimensiones. Allí sacó la cátedra de Universidad. Allí ha ocupado relevantes cargos académicos, en la Facultad y en el Rectorado, entre los que destacaría la dirección del Instituto de Ciencias de la Educación porque le sirvió para meterse con fuerza en la realidad de la formación inicial del profesorado.

Desde allí recibió encargos internacionales significativos por parte de la Unesco, de la Organización de Estados Iberoamericanos, de la Unión Europea… Allí fue requerido para dar conferencias en muchas universidades extranjeras, de Chile a México pasando por Birmingham, Lisboa o Jerusalén, o para formar parte de innumerables Comisiones, Congresos o proyectos de investigación. Y, sobre todo, allí escribió numerosos libros, artículos y ponencias en Congresos, unas veces solo y otras junto a profesores españoles o extranjeros, pero siempre cuidando con tal atención la docencia y el trato con sus alumnos que fue distinguido con la Medalla al Mérito en la educación por la Comunidad Autónoma de Andalucía, en el 2001 y por el afecto de los estudiantes.

No es este el lugar para detallar todo el currículum del Profesor Esteve. Baste decir que su presencia nacional e internacional fue tan señalada que, hasta el momento, ha sido el único Catedrático español que ha sido nombrado Doctor Honoris Causa por una Universidad española, concretamente la de Oviedo, en el 2009. En el Acto de Investidura, al que asistí, y en el que pude comprobar el afecto que le tenían los de su Departamento malacitano, el Rector señaló cómo destacaba por «su capacidad de análisis, de visión de los problemas de la profesión docente y de entrega a la obra investigadora, cualidades que le hacen apreciado y respetado por todos» [1]. Tenía razón. Pepe puso sus mejores esfuerzos en facilitar su trabajo a los profesores en formación, proporcionándoles herramientas para superar los retos ante los que se iban a encontrar. En uno de sus últimos trabajos afirma que «nunca tuve otro propósito que el de describir los problemas reales que hay que enfrentar y las fuentes de tensión permanentes que es necesario dominar para convertir la docencia en esa actividad alegre y apasionante en la que he llegado a divertirme durante treinta y seis años»[2]. En Pepe se unía esa clara preocupación por ofrecer soluciones a los problemas reales, con la conciencia de que el quehacer docente es algo más que una actividad técnica, pues los alumnos esperan de sus profesores que sean también maestros de humanidad [3]. Cuando le di clase, en 1970, escuchó unos párrafos del libro de Gusdorf, Para qué los profesores, que acababa de publicarse en español, en donde el autor defendía esa tesis, afirmando igualmente que «al maestro se le pide que se presente no únicamente como un hombre que posee un saber, sino que además sea el testigo de la verdad y el afirmador de los valores» [4]. Estas palabras hicieron profunda mella en el espíritu de Pepe —espíritu al que no se llegaba fácilmente—, de modo que, dejando a un lado otras diferencias, conectaba rápidamente con quienes pensaban que había una verdad humana, por complejo que fuera su descubrimiento.

A lo largo de todos estos años, nuestro trato ha sido fraterno, aunque pasáramos largo tiempo sin vernos. A veces me llamaba por teléfono: «¿Sigues teniendo ese artículo que te fiché que se titulaba algo así como Il est trop tard Docteur Spock? ¿Puedesmandarme una copia?». «¿Sabes la historia del monumento al maestro erigido por suscripción popular, que hay en Rosales?» Y se la conté, aunque le dije que no la aireara, pues es políticamente incorrecta. Otras veces, almorzábamos juntos, aprovechando sus viajes a Madrid y sólo cuando no podía hacerlo con su adorada hija Ainhoa. Así, en una ocasión, le propuse: te invito al restaurante más in de Madrid, en el hotel donde se ha alojado Beckham. Pretendía moverle a participar en una actividad que yo organizaba, lo que aceptó quitándose algún compromiso para poder acudir a ella. Luego, una cita médica impidió que asistiera. El cáncer se había desatado con fuerza hacía años. Fui a Málaga el día de su primera operación importante, como volví allí a dar una conferencia en este último mes de marzo, esencialmente para poder conversar con él.

Hablamos en su casa durante más de dos horas, junto a su mujer María José, tan llena de estilo como siempre, de la que se hizo novio ya en Pamplona y cuya familia conocí cuando se casaron en Guernica, a donde fui con mi sobrino, Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín, con quien siguió manteniendo contactos, fuera del latín, hasta el final. Quizá todos intuimos subconscientemente que se trataba de una distendida y cariñosa conversación de despedida.

De todos modos, me quedé preocupado por haber estado tanto tiempo y le mandé un email disculpándome, al que me respondió diciendo: “Para nosotros fue un placer que vinieras a casa, a la que puedes volver cuando quieras y estar el tiempo que te parezca bien. Como viste, no parece que el deceso se vaya a producir en las próximas horas y un rato de charla es lo que más agradezco, pues lo que peor llevo es el encierro sin muchos estímulos externos. Gracias por tu amistad y por tu afecto de siempre. Feliz día de San José. Un abrazo.”

Ahora bien, yo debo reconocer que tengo con Pepe una amplia deuda de gratitud, configurada por muchos asuntos, muy distintos, personales, profesionales, humanos. Vino a acompañarme cuando sufrí una operación de una cierta enjundia. Me propuso para que me nombraran miembro del Consejo Editorial de la revista Educational Review y de la mesa de Expertos que evalúan los curricula de quienes aspiran a conseguir la acreditación de Catedráticos y Titulares de Universidad de la ANECA, etc. Además, esa gratitud se debe también a que Pepe me dio alguna alegría especialmente relevante.

Decía Don Quijote que la ingratitud es hija de la soberbia, y eso me obliga a dejar patente la humildad de Pepe, pues, junto a los hechos que he reseñado, igualmente quiso expresar por escrito su agradecimiento conmigo, tanto en privado como en público. No tenía por qué mandarme una postal el 9 de noviembre2005, desde Buenos Aires, en la que me decía “sin tu apoyo y tu fe en mí todo en mi vida habría sido muy diferente”. Ni mucho menos era necesario que, en público, en el acto más solemne de su vida, ante el Claustro de la Universidad de Oviedo reconociera la ayuda intelectual que había recibido del «Dr. Ibáñez-Martín, pues de él aprendí la necesidad de la exigencia personal, del trabajo ordenado y meticuloso, la necesidad de dominar otros idiomas para participar en el intercambio científico, y esa tendencia, a la que él llama talante metafísico, que nos incita a no detenernos en las apariencias ni en las ideas superficiales para intentar llegar a explicaciones cada vez más sólidas y profundas en nuestros intentos por hacer inteligible la realidad» [5].

Por otra parte, deseo señalar que mi mayor gratitud tiene como objeto el ejemplo de fortaleza cristiana que de él he recibido. Siempre que hablábamos desprendía optimismo y alegría, resistiéndose a entrar en detalles sobre la situación de su salud. En una de las últimas conversaciones telefónicas, me dijo que no quería cargar a sus amigos con sus males y que, además, tenía muchos motivos de agradecimiento a Dios: su vida profesional había sido brillante, había introducido unos nuevos estudios con una terminología específica del malestar docente, su matrimonio era feliz y sus dos hijos eran listos, trabajadores y buenos, habiendo alcanzado ya una posición profesional razonable, sin estar obsesionados por hacer dinero sino por alcanzar una vida familiar dichosa, y que él tenía, además, la alegría de haberles podido dar no sólo una buena educación sino también un apoyo económico en el inicio de su vida matrimonial. Pepe supo hacerse amigos. Se comprobó el día de su funeral, pues allí estaba toda la Facultad, sin distinción de tonos ideológicos y políticos. Y el análisis de cómo ha sidomi amistad con Pepeme lleva a pensar que Cicerón acierta cuando afirma: «Cumque plurimas et maximas commoditates amicitia contineat, tum illa nimirum praestat omnibus, quod bonam spem praelucet in posterum nec debilitari animos aut cadere patitur. Verum enim amicum qui intuetur, tamquam exemplar aliquod intuetur sui. Quocirca et absentes adsunt, et egentes abundant, et imbecilli valent, et, quod difficilius dictu est, mortui vivunt: tantus eos honos, memoria, desiderium, prosequitur amicorum» [6].
José Antonio Ibáñez-Martín

Notas.
[1] Discurso del Rector Magnífico de la Universidad de Oviedo Don Vicente Gotor Santamaría (2010), en Universidad de Oviedo, Acto de Investidura como Doctor Honoris Causa del Señor Don José Manuel Esteve Zarazaga, 12 de junio de 2009, p. 37.
[2] ESTEVE, J. M. (2009) La formación de profesores: bases teóricas para el desarrollo de programas de formación inicial, Revista de Educación, 350, septiembre-diciembre, p. 17.
[3] Cfr. Ídem, p. 27.
[4] GUSDORF, G. (1969) Para qué los profesores (Madrid, Edicusa), p. 55.
[5] Discurso del Doctorando Don José Manuel Esteve Zarazaga, en Universidad de Oviedo, Acto de Investidura como Doctor Honoris Causa del Señor Don José Manuel Esteve Zarazaga, 12 de junio de 2009, p. 24.
[6] CICERÓN (1975) De Amicitia, VII, (23) (Madrid, Gredos), p. 36. Texto latino con traducción de Valentín García Yebra: «Encerrando en sí la amistad muchísimas y muy grandes ventajas, la mayor de todas es, sin duda, que hace concebir buenas esperanzas para el futuro, y no deja que el ánimo desfallezca ni se acobarde. Porque el verdadero amigo lo mira el otro como una imagen viva de sí mismo. Con esto los ausentes están presentes, los pobres nadan en la abundancia, los débiles tienen fuerza y, lo que parece más extraño, los muertos viven: tanto siguen honrándolos, recordándolos y echándolos de menos sus amigos».

 

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