| ¿Hay algún hombre en casa? Tratado para el hombre ausente. |
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There are no translations available. Polaino, A. (2010).
Hay una problemática social, cultural y familiar generada en las sociedades modernas occidentales en relación a la ausencia del padre, que desde hace algún tiempo parece ser una constante en la mayoría de los hogares de dichas sociedades. El padre está ausente y esto tiene unas repercusiones en múltiples niveles. No sólo están afectados los adultos varones, sino también sus parejas, sus hijos y toda la sociedad. Si no hay ningún hombre en casa los padres y esposos se sentirán evidentemente vacíos, sin parte de su identidad, pero también las esposas se sentirán más solas y menos complementadas, los hijos un tanto más abandonados y desprotegidos y la sociedad entera sufrirá la ausencia de uno de sus elementos fundamentales. Todos salen perdiendo. Este es el argumento central de la obra del catedrático de Psicopatología en la Universidad CEU San Pablo de Madrid, Aquilino Polaino, que presenta con un lenguaje claro y directo, entendible para todos los lectores, las consecuencias de la ausencia del varón en el hogar. Son muchas las causas de esta ausencia del hombre en el hogar pero una de las más importantes es que en el plano de los hechos el varón se ha convertido en un prisionero de su trabajo por lo que su esposa e hijos se han acostumbrado a vivir sin él. El ritmo urbanita intenso y rápido, las comidas fuera del hogar, las jornadas hasta altas horas de la tarde/noche, el trabajo lejos del hogar… hacen que el varón no tenga tiempo para la familia. Con todo también cabe apuntar que las obligaciones laborales son una excelente coartada para no comprometerse en el hogar y muchas veces el varón, como muy acertadamente insiste el autor del libro, se olvida de que los errores en la difícil articulación entre familia y trabajo son los responsables deconflictos y rupturas familiares; y parece que muchos varones no se dan cuenta de que importa mucho menos fracasar en el trabajo –pues los suyos les siguen queriendo– que en la familia. Conciliar familia y trabajo resulta hoy especialmente complejo a juicio del autor porque todavía pervive el viejo modelo de pareja con el padre como proveedor o abastecedor económico, que delega en la madre el resto de funciones parentales –incluida la educación de los hijos–. Este modelo ya no es sostenible, sino que familia y trabajo es tarea de ambos. Como demuestra la realidad, las mujeres tienen derecho, y muchas veces la necesidad, de incorporarse al mercado de trabajo, y los hijos necesitan el apego de sus padres varones tanto como el de la madre. No se puede delegar en otra persona el amor a un hijo. Es tan personal que no permite clonación. Los fuertes brazos de un padre que aprieta a su hijo contra su pecho no son comparables a la suave caricia de la mano de su madre. Ninguno sustituye al otro, ni son delegables. No conviene pues hablar de igualitarismo sino de complementariedad y corresponsabilidad. La sociedad actual por su parte se ha preocupado más de reclamar guarderías y centros infantiles antes que tratar de conciliar la vida laboral y familiar. Además en el plano de las ideas se ha impuesto el ideal de una sociedad cada vez más individualista donde los varones no necesitan de sus mujeres ni de sus hijos, las mujeres no necesitan de sus esposos –y en ocasiones tampoco de los hijos– y los hijos no necesitan de sus padres. Cada uno va tristemente a lo suyo. A lo largo de esta obra se insiste en la importancia del tiempo vivido y compartido. Resulta esencial pasar de “mi” tiempo a “nuestro” tiempo. Pues lo más importante que les queda a los miembros de la familia es precisamente el tiempo que han compartido con ella. Así, por ejemplo, Aquilino Polaino se pregunta ¿qué le queda a un hijo del trato con su padre? ¿cuál es su herencia? El autor cree que lo más importante no es precisamente el aspecto económico, pues en la mayoría de las ocasiones el reparto de la herencia es un elemento irrelevante o conflictivo pese a las muchísimas horas extras que un padre haya trabajado para dejar algo a los hijos. Lo más importante es el patrimonio vital, es decir, aquellas vivencias que desde niño quedan grabadas en los hijos y que no le abandonarán a lo largo de su vida: recuerdos, experiencias, correcciones, momentos relevantes, alegría compartida, ratos de conversación profunda e íntima… en definitiva el estilo de vida singular de cada padre. Algunas perfecciones del niño se actualizan en el transcurso de la vida, otras en cambio no se desarrollarán jamás. En esto consiste la formación: en conducir el proceso de crecimiento y maduración personal de tal manera que se desarrollen el mayor número de posibilidades y en el mayor grado posible. Naturalmente no disponemos de ninguna técnica para lograrlo. Además la educación no depende sólo de los adultos sino que el protagonista principal es siempre el niño. Por tanto, para los padres la educación de sus hijos es un arte que trata de sacar a la luz la mejor persona posible del hijo, contando con su libertad personal. Con todo, en la obra se insiste en que es más importante ayudar a los hijos a descubrir lo que tienen de bueno y explicárselo, que prestar atención sólo a sus defectos, aunque sea con la intención de corregirlos. El autor señala desde el comienzo del libro que el hombre durante siglos ha rehuido su responsabilidad en la familia más allá de una genérica protección física o de proporcionar el sustento. Pero también la mujer ha contribuido a esta ausencia del varón al reclamar cotidianamente su cuota de poder, terminando por monopolizar la educación de los hijos. No hay por tanto que buscar “culpables” de la situación en uno u otro género sino considerar que todos somos corresponsables por acción u omisión de este eclipse del varón en el hogar. Incentivar la complementariedad, interdependencia y colaboración de hombres y mujeres en el hogar, reconciliará a la pareja y al mismo tiempo enriquecerá a toda la familia, muy especialmente a los niños. El autor del libro señala acertadamente la interrelación entre todos los miembros de la familia. Ciertamente de la paternidad depende también la maternidad, pues paternidad y maternidad se modulan y se matizan recíprocamente. Si una mujer encuentra un buen esposo, sus funciones de mujer, su maternidad, se robustecen con los valores positivos del marido. Si un marido encuentra una buena esposa, su masculinidad y su paternidad crecen. Por otro lado no es menos verdad que la paternidad y la maternidad exigen y son exigidas por la filiación. Sin hijo no hay padre ni madre. Y sin madre y padre no hay hijo. Los padres no son jamás padres de “quita y pon”, padres temporales que en cualquier momento puedan dejar de serlo, con la facilidad de quien se cambia de chaqueta. Los padres pueden no asumir su responsabilidad, pero no pueden renunciar por ello a la paternidad o maternidad, que les confiere un especial estatuto biográfico. Lo mismo sucede con la filiación. Se podrá admirar, respetar y reconocer o no a los padres, pero siempre se es “hijo/a de” o “padre de”. El hombre y la mujer son seres para la donación. Ningún animal puede darse: el hombre sí. Nadie tiene, en sí, la razón de su origen; toda existencia es un regalo inmerecido y ante un regalo se es deudor. Se trata, entonces, de saber dar y recibir. No hay un único tipo de padre (los hay más ausentes y los hay más presentes), ni un único tipo de familia (las hay rígidas, estructuradas, flexibles y caóticas), ni la familia es la misma en todos los momentos de su ciclo vital, pues hay diferencias notables entre unos recién casados, unos esposos que acaban de tener a su primer hijo, una familia numerosa, una familia con un miembro enfermo, una familia en la que ha habido una separación. Pese a esta constatable heterogeneidad, en el libro se insiste en que en todas las ocasiones la incomunicación mata el amor y por tanto este es un problema, demasiado habitual, que hay que tratar de afrontar y solucionar. Ante las dificultades y conflictos en la familia, una buena alternativa es la de la negociación. Aquilino Polaino insiste vehementemente en la conveniencia de negociar, negociar y negociar, sin que haya vencedores ni vencidos. Que todos ganen y nadie pierda. Este es el gran negocio; antes de enfadarse, negociar. Otros ámbitos conflictivos en el mundo de la pareja que el autor recoge a lo largo del libro son los valores, el reparto de poder y la toma de decisiones, la familia de origen, la economía, la sexualidad, el ocio y tiempo libre, la educación de los hijos, la salud física y psíquica, las relaciones sociales, la política y el debate cultural, las creencias y prácticas religiosas. Reflexiona sobre todos ellos, proponiendo en numerosas ocasiones posibles pistas de solución, insistiendo en que lo más importante es ser optimista, evitando pensar que la aparición de problemas en la pareja significa el final de la misma. Pero este libro ni es, ni pretende ser, un libro de autoayuda con “recetas” para los diversos problemas relacionados con la ausencia del hombre en el hogar. De hecho el profesor Polaino indica expresamente que cada uno como persona, como profesional, como vecino, como pareja, como padre tiene que crecer en virtudes y no en consejos externos. Ahora bien, hay un problema serio: las virtudes no pueden enseñarse. ¿Si se estudia un doctorado en templanza se será quizás por ello más templado? No, el movimiento se demuestra andando. Tal y como señalaba Aristóteles el oficio propio del hombre consiste en ser virtuoso. El autor insiste en hablar de lo positivo a lo largo del libro y no sólo de los problemas asociados a la ausencia del hombre en el hogar. Para el autor la maternidad y paternidad entrañan una carga de responsabilidad y sacrificio, pero también –y esto lo omite sistemáticamente el discurso individualista–, poseen una enorme carga de alegría, gozo y felicidad. Mirar a los ojos de un hijo –a las personas hay que mirarles a los ojos– y ver la luz que titila en sus pupilas, ¿puede ser motivo de sufrimiento? Observar cómo los hijos pequeños hablan orgullosos de sus padres mientras discuten o juegan con sus compañeros, ¿no compensa quizá todos los desvelos de este? La importancia de la figura del varón en el hogar está fuera de toda duda y además resulta una figura insustituible. Colaborar a recuperar esta figura es un reto colectivo que redundará en beneficio de todos nosotros, ciudadanos de este siglo XXI que debemos decidir si queremos |
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