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Lorda, J. L. (2009). Humanismo. Los bienes invisibles. (Madrid, Rialp).
La naturaleza del texto se sitúa en el contexto intelectual que los clásicos llaman sabiduría. Los bienes invisibles muestran la luz de lo verdadero, que hace posible el camino de la dignidad humana que se orienta hacia la búsqueda del bien. Su lectura resulta vivificante especialmente en esta sociedad del conocimiento donde prevalece lo tecnológico y están ausentes los valores esenciales. La actitud narrativa intelectual es independiente, que se podría decir rebelde, aquella que expresan los verdaderos maestros, que considerando el estado de la cuestión y las fuentes del conocimiento, no se resigna a una reflexión o comentario más o menos actual o crítico acerca de las cuestiones tratadas. Le importa más, a través de una cuidada narrativa, el fluir de su entendimiento y responder acertadamente a los dictados que su amor tiene a los lectores potenciales, sin olvidar la importancia que las pautas formales tienen y que se señala respecto de cada momento cultural e histórico. Por eso, la obra enfrenta el reto de las necesidades humanas y sociales actuales, pero al mismo tiempo las trasciende en el tiempo. El autor no se deja cautivar por los dictados de la moda, sino que ofrece lo mejor de sí mismo como aportación valiosa. El propósito de este libro es ayudar al cultivo del espíritu.
La estructura de la obra es sistemática, y el orden en el que son tratados sus contenidos corresponde a un esquema conceptual lógico, lo que permite además un ritmo de lectura significativa que motiva, que el lector agradece mucho, y que permite tempo de lectura interesante de los diversos contenidos que se encadenan en el sentido del conjunto.
El primer capítulo se dedica a la cultura. Reconoce que en el interior de cualquier ser humano hay un espacio con dimensiones insospechadas, un regalo al alcance de las mujeres y los hombres que es, junto a la ciencia, la cultura. El mundo en el que nos introduce no es una creación de la fantasía, pero tiene algo en común con ella: ya que su existencia depende, según se razona tanto de lo sustantivo, esencial, como de la actividad creativa y originalidad de la mente.
Se advierte que el mundo del espíritu tiene un vocabulario específico y también unas leyes propias, es decir, un estatuto diferente y distinto del que corresponde a la materia. No obstante, no desconoce el cuerpo, ya que explica cómo la pequeña célula germinal, que contiene el patrimonio genético que hemos heredado de los padres, se desarrolla, dada su independencia individual, mediante un movimiento que está en sí misma. Reconoce que el crecimiento espiritual es más lento, ya que vivimos mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de lo que significa vivir.
El capitulo segundo trata de la vida de la inteligencia. Considera la inteligencia como la “herramienta” propia del cimiento de la personalidad. El entendimiento, la capacidad de conocer, como don precioso que recibe la especie humana. Glosa y desarrolla la naturaleza de la función intuitiva con la que captamos las formas de la realidad, gracias a la cual penetramos y entendemos las nociones, extraemos esquemas y desarrollamos la competencia que asimila las relaciones formales, aptitudes que nos capacitan para adaptarlas a la resolución de problemas nuevos. La función discursiva, por otra parte, es definida como aquella cualidad que llamamos razón. A diferencia del aspecto intuitivo, ésta conoce las reglas con las que razonamos. Permite a las ciencias los diseños, los constructos intelectuales, los modelos científicos, en los que se puedan fijar experimentalmente los puntos de partida, y someter a verificación, la explicación rigurosa que nos propone.
El capítulo tercero trata la cuestión de la belleza. Trata la alegría de lo bello, la estética como misterio que pertenece a las profundidades de la sensibilidad humana y, cómo no, de las dificultades para expresarla. La experiencia estética, no obstante, se considera como algo normal, que no supone éxtasis alguno a la persona. Lo bello hace resonar todos los pliegues de nuestra existencia, ya que la belleza es expresión del cuerpo y el espíritu. El cruce que existe entre lo sensible y lo espiritual y que facilita el juego de evocaciones propio de la belleza. Lo bello invita a la trascendencia, a ir más allá de las condiciones subjetivas, y de los contextos mediocres o imperfectos de estec mundo. Se reflexiona de forma interesante acerca de los géneros de belleza como manifestación de la misma en las múltiples formas posibles.
El capítulo cuarto valora la importancia humana del estilo y la elegancia. El arte de la vida humana consiste, según el autor, en que la inteligencia brille en todo lo que hacemos. La elegancia como tono que la inteligencia pone en las acciones del cuerpo y, en general en el comportamiento humano. El estilo y la elegancia como artes porque ha habido un trabajo previo deliberado de la inteligencia, que crea un estilo propio de actuar. La elegancia es la estética externa de la vida humana.
Hay un ideal interno moral del hombre, que consiste en vivir de acuerdo con la propia conciencia. Censura la cursilería o la afectación como carencia propia de quien exagera las formas para distinguirse o llamar la atención; actitud que desvirtúa el estilo y la elegancia y que, por eso, resulta rechazable.
El capítulo quinto analiza el amor a la palabra. La palabra es la herramienta principal y más próxima de la inteligencia, ya que ésta sirve para pensar, para discernir, para definir, para trasmitir, para aconsejar, para mandar, para entusiasmar, para conmover, para convencer, para anunciar, para dialogar, para educar; para guardar en la memoria de los archivos, para atesorar en las bibliotecas; para reflejar lo que sucede en el mundo real y para crear mundos fantásticos. La palabra es soporte de la comunicación humana y de la cultura. Estos objetivos son tratados de forma inteligente y atractiva que hace su lectura fácil y atractiva.
El capítulo sexto valora el sentido del humor. El humor como fenómeno universal que acompaña nuestra vida y la adorna con sus mejores galas. La sonrisa como atractivo y signo positivo de la vida humana. Anima a expresar la capacidad teatral que, en mayor o menor medida, todos los seres humanos tienen, ya que no es posible una vida demasiado seria.
Nadie está a salvo de la comicidad, y advierte que el humor es un arma de doble filo, ya que nos podemos reír con uno o nos podemos reír de uno. Hay una manera de reírse con piedad, poniéndose en el lugar del protagonista; o con desprecio, aprovechando la ocasión para humillar. La pedagogía del humor requiere un cierto distanciamiento. Pero una cierta cercanía, en la que no hay humor cuando sentimos pena por lo que está pasando. La línea del humor cruel es el sarcasmo.
El capitulo séptimo trata el don de la amistad. Recuerda que ya Aristóteles dijo que la amistad no sólo es algo necesario, sino también algo hermoso; efectivamente, alabamos a los que aman a sus enemigos, y el tener muchos amigos se considera como una de las mejores cosas que nos pueden ocurrir en la vida. Al analizar y valorar los testimonios de amistad debemos tener en cuenta al menos dos cosas: en primer lugar, que los testimonios escogidos representan una élite muy particular de hombres excelentes y sabios; y en segundo lugar, que se ha producido una revolución en el planteamiento del ocio en las sociedades avanzadas. La amistad no es lo mismo que camaradería. Es algo más que la simpatía que surge por coincidir o compartir una tarea o tener el mismo horario de trabajo. La amistad se forma gracias a que se descubren coincidencias más profundas en gustos, ideas, intereses, aficiones y proyectos; y esto llega a manifestar también otros aspectos de la intimidad buscando coincidencias, ayuda y consejo.
El último capítulo versa acerca de la honestidad. La honradez como perfección moral de la persona humana. El rasgo más visible de una persona honrada se percibe por los demás, ya que suele ser manifestación de una gran entrega en las obligaciones, especialmente las correspondientes al trabajo y la familia. La persona honrada tiene, entre otras cualidades, una austeridad natural y espontánea. Al volcarse en los demás y en el trabajo, estas personas están acostumbradas a concederse poco. Las personas honradas no se conducen sólo por obligación, ni por la costumbre, ni por el qué dirán, sino por un convencimiento y un imperativo interior. La honradez es una fuerza que sale de dentro. No se ven obrando de otro modo. La honradez, como toda excelencia, dice el autor del texto, no abunda, pero tampoco es rara. Y es un tesoro para la humanidad, porque expresa lo mejor del ser humano.
En suma se trata de una obra de máximo interés cuya finalidad es de ayuda a los profesores y ciudadanos para encontrar las claves de una existencia plena, lo que podríamos llamar en otras palabras una vida lograda. Emilio López-Barajas Zayas
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