Book Reviews Nº 246, mayo-agosto 2010 El trabajo de los profesores: virtudes en los educadores.
El trabajo de los profesores: virtudes en los educadores. PDF Print E-mail
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Isaacs, David (2008).
El trabajo de los profesores: virtudes en los educadores.
(Pamplona, Eunsa). 112 pp.
ISBN: 978-84-313-2544-2.

Parece evidente que, en nuestra época, se ha conformado una nueva realidad educativa en la enseñanza secundaria española que puede caracterizarse por dos rasgos.

El primero, que se han ampliado los años de escolarización obligatoria conjunta. El segundo, que esa ampliación del límite de edad lleva consigo un retraso en la llegada de la madurez psicológica, con toda la secuela de problemas que arrastra este desajuste entre lo biológico y lo psicológico.


Ello, junto a otros muchos factores como la convivencia de diversas culturas o el desprestigio de la educación, conforman una época convulsa de la educación española, donde, como García Hoz apuntó en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, «nunca como hoy ha dispuesto la educación de tantos medios y recursos, y sin embargo, nunca como hoy el descontento ha sido mayor y tan generalizado». Clima semejante, agravado por algunos resultados que no se esperaban en evaluaciones internacionales, ha hecho que se señalara a la poca inversión en educación como una de las principales causas. No obstante, como aseguran algunos expertos, lo que los alumnos aprenden tiene poca o nula relación con el gasto en enseñanza a partir de ciertos niveles de ingresos. Así las cosas, la formación pedagógica del estamento docente se ha perfilado como una de las posibilidades para mejorar la calidad del sistema educativo. A tal efecto se ha elevado la formación docente a la altura de Máster Universitario, lo cual ha planteado una polémica sobre la formación del profesorado que, desde una perspectiva puramente pedagógica, enfrenta dos formas de entender la enseñanza, pero cuya esencia se reduce a la pregunta de qué hace excelente a un profesor. La respuesta del libro que nos ocupa señala a las virtudes humanas.

Concretamente, a la justicia, la comprensión y el optimismo.

Sería un error pensar que todo el texto se reduce a un bello discurso que parafrasea a los clásicos de la moral y la ética desde una perspectiva educativa.

Nada más lejos de la verdad. Antes bien, se centra en los caminos para llevar a cabo el fomento de tales virtudes en los docentes. Y, en este sentido, tanto por su trayectoria docente como investigadora, David Isaacs constituye un referente. No en vano, este Profesor de la Universidad de Navarra ha sido Director y Vicerrector del Instituto de Ciencias de la Educación así como uno de los primeros en España a la hora de investigar sobre la dirección de centros educativos. Pero, sobre todo, muchas de sus publicaciones giran en torno a esta misma temática. Al menos, la más relevante desde el punto de vista de la difusión, pues el ya clásico La educación de las virtudes humanas cuenta con catorce ediciones.

De este modo, el libro comienza con un estudio sobre cómo el cuerpo docente ha de vivir la justicia. Para ello, contempla seis aspectos. El deber de dominar la materia que es tanto como preocuparse de su formación científica y pedagógica. Ello implica ser competente, conocer, comprender y vivir el ideario, para cuya consecución el autor propone varios consejos que van desde perfeccionar las actividades con los alumnos y las acciones que requieren un contacto bipersonal hasta prestar atención a aquellas en relación con la normativa. Otro aspecto más a la hora de ser justo sería la necesidad de dominar un mínimo de cultura general, es decir, «tener una visión amplia de la realidad, saber lo que está pasando en el mundo, interesarse por las artes» (p. 42).

Por su parte, participar en el proceso de mejora del centro implica vivirlo como una comunidad donde todos sus miembros aspiran a alcanzar los objetivos comunes. Finalmente, es necesario ser justo en relación a las autoridades externas, «hacia la Verdad y hacia el Bien» (p.

54) por encima de cualquier otra y a pesar de las influencias externas que lo condicionan, que se concretan en el igualitarismo, el relativismo, el utilitarismo, el hedonismo y la búsqueda exclusiva del poder y el éxito.

El siguiente núcleo se centra en la comprensión. Para el autor son básicas la escucha, la observación y la lectura de aquellas situaciones «que puedan influir de una manera significativa, positiva o negativamente, en su desarrollo como persona» (p. 65). Para ello es necesario considerar varios factores tales como seleccionar la información adecuada, reconocer los propios prejuicios y atender a la realidad de las cosas. En esencia, para Isaacs el motivo principal de la virtud de la comprensión es el deseo de ayudar.

A tal efecto, el lector dispone tanto de un cuestionario para comprender a los alumnos como de un estudio teórico de las condiciones personales que contribuyen a perfeccionar la comprensión, a saber, sencillez, empatía y necesidad de las personas para sentirse comprendidas.

Por último, el libro termina con un capítulo dedicado al optimismo de los profesores.

Comienza con un repaso al actual contexto deseducativo en tanto que el reconocimiento de la realidad es un paso previo para el ejercicio de la virtud que le ocupa. Tal reconocimiento debe distinguir entre lo que es un problema y lo que es una limitación, y saber confiar en los demás y en Dios para actuar. En estas consideraciones está el germen del contenido esencial del capítulo: la confianza como base del optimismo, el realismo y la mejora, el optimismo en los tiempos actuales y la ayuda de los alumnos. Así pues, el autor sostiene que el optimismo nace de la confianza y ésta del reconocimiento de las propias limitaciones. En consecuencia, no causa alegría, sino paz interior. No obstante, la pregunta fundamental de este capítulo es qué pueden hacer los profesores para ser confiados.

En primer lugar, conocerse bien y aprender a buscar ayuda razonablemente. En segundo lugar, saberse entre compañeros fieles que permanecen aunque salgan mal las cosas. Pero no es posible que nazca sino se es capaz de reconocer lo aprovechable y lo mejorable de una situación, y las dificultades y los obstáculos. Esto es tanto como tener unos criterios de referencia claros, entre los que cabe distinguir entre condiciones internas del individuo y las externas.

En conclusión, los educadores deben tener fortaleza para hacer frente a los problemas que conlleva esta sociedad que posee como bandera el hedonismo y el relativismo. Son los educadores los que deben sacar sus conocimientos, sus estrategias, su fortaleza para cambiar esa realidad, para mejorar ese proyecto común de mejora que nos ha ocupado a lo largo de esta recensión. No deben dedicarse a ser meros espectadores de lo que sucede en su aula o en su centro educativo, sino que deben hacerse partícipes en esa meta que les debe ocupar: mejorar la situación educativa actual, buscar ese proyecto común. Por ello, es esencial que se comprometan totalmente con su trabajo y su causa. Sólo así lograremos una generación de profesores virtuosos que hagan de todas y cada una de las asignaturas un referente mundial y, sobre todo, una tabla de esperanza para tantos jóvenes y tantas familias. Para ellos va este libro. David Luque Mengíbar
 

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