| Educación, conocimiento y justicia |
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There are no translations available. Ibáñez-Martín, J. A. (Coord.) (2009). Educación, conocimiento y justicia. (Madrid, Dykinson) 341 pp. ISBN 978-84-9849-389-4 El Adriano de Yourcenar, al ocaso de su narración y ya legado al joven Marco Aurelio el testimonio de su vida, acaso el que sea el recurso pedagógico más sublime ideado jamás por didacta alguno, nos revela que «la vida es atroz, y lo sabemos. Pero precisamente porque espero poco de la condición humana, los períodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios, que casi compensan la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria y error». En este sentido, el espíritu del Coordinador del libro no me parece distante al del romano, pues reunir algunas de las mentes más influyentes de la pedagogía actual, desde una perspectiva plural, para sumarse a las celebraciones del sexagésimo aniversario de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos supone ser consciente de esos prodigios y loarlos. Ciertamente, el esfuerzo realizado por Ibáñez-Martín es una muestra de la importancia que concede al desarrollo de investigaciones que profundicen en la cuestión sobre «qué tipo de educación ha de impartirse para promover en el ser humano las capacidades cuyo desarrollo protegerán los derechos humanos, del mismo modo que es necesario preguntarse cómo vamos a dar a conocer los derechos humanos y cómo vamos a colaborar para conseguir su respeto y efectividad» (p. 16). Así las cosas, la obertura del libro es «la educación como derecho social y la iniciativa de los distintos agentes sociales en su satisfacción, desde la perspectiva de la libertad y la justicia». En ella, José Luis Soberanes Fernández aporta un fino «análisis genérico de cómo se concibe la educación en América Latina» (p. 25) donde lo más sugerente es el cariz político de su estudio comparativo sobre el tratamiento dado a la educación en las constituciones y Cartas Magnas latinoamericanas más representativas. Por su parte, Concepción Naval Durán y Aurora Bernal se inclinan por escrutar la influencia de la familia en el aprendizaje cívico y moral. Si bien en un escrito ciertamente sutil Bernal salvaguarda el «ámbito familiar como lugar primario de desarrollo de la sociabilidad» (p. 63), es el de la autora del ya clásico Educación, retórica y poética: tratado de la educación en Aristóteles el más sugestivo por varias razones, entre las que cuento la singularidad de su aproximación a la Educación para la Ciu - dadanía y el equilibrio de los métodos de investigación usados, los cuales le sirven, en suma, para presentar el hogar como pilar de una nueva ciudadanía participativa. Finalmente, los profesores Juan Escámez Sánchez, Rafaela García López y Cruz Pérez Pérez firman un capítulo donde perfilan la sociedad individualista actual como «una lucha entre formas superiores e inferiores de libertad» (p. 81) que implica dos cosas, a saber, que la identidad personal es una creación y que para su desarrollo se necesitan las comunidades familiares, políticas y humanas. La segunda propuesta, «la discusión entre saberes y competencias y entre la individualización y la igualdad», es más una cadenza de García Amilburu y Ruiz Corbella, quienes limitan la temática a la pregunta de si «tiene futuro la Filosofía de la Educación en un diseño de educación en competencias». A tal duda llegan tras observar cómo, en los últimos años, la universidad ha defendido que una formación en competencias proporciona un aprendizaje más versátil y, por ello, más coherente con las necesidades presentes. En ese contexto, se centran en los profesionales de la educación y, más concretamente, en si los nuevos modos aportan todo cuanto les pueda ayudar a conformar un juicio genuinamente educativo. Continúa el libro con «la compaginación del pleno desarrollo de la personalidad con el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos de todos y el cultivo de la identidad comunitaria», en cuya temática se afanan los catedráticos João Boavida y Randall Curren de las Universidades de Coimbra y Rochester, respectivamente. En el texto del primero se debate por qué se ha debilitado tanto la obligación de estudiar (cfr. p. 129), lo cual origina un escrito de pura especulación pedagógica donde se remonta a los orígenes de la situación educativa actual y a su eco en la filosofía, para concluir que «es necesario volver a Aristóteles, para que lo esencial de Kant llegue un día a ser posible » (p. 139). Por su parte, Curren co - mienza sosteniendo que en la Declaración Universal de Derechos Hu manos «hay un admirable conjunto de deseos, pero hay también ambigüedad con respecto a las difíciles preguntas referentes a lo que significa exactamente respetar la educación como un derecho en una sociedad plural» (p. 147), prosigue interpretando diversos escritos de John Rawls y sentencia que una concepción educativa capaz de dar respuesta a esas cuestiones debe definirse «como iniciación en las prácticas que expresan el florecimiento del ser humano » (p. 154). Acto seguido se abre quizá la pieza más compleja del sistema: «la enseñanza de los distintos saberes humanos y la presencia en el sistema educativo de las fuentes de sentido inmanentes y trascendentes ». A través de sus documentos asistimos a la experiencia reflexiva de Emilio López-Barajas Zayas y al atrevimiento filosófico de Anna Pagés Santacana. En todo caso, el catedrático de la Uni - versidad Nacional de Educación a Distancia nos sumerge en una discusión de carácter epistemológico en cuyo desarrollo intenta dilucidar cuáles pueden ser las aportaciones de la filosofía de la educación «a la sistematización de la teoría de la educación en la práctica de los deberes humanos, propios del ciudadano» (p. 163). Pagés Santacana, en una actitud escéptica que despliega a través de un lenguaje sentencioso, plantea lo indecible en la transmisión educativa a través de tres problemas filosóficos, a saber, las ambigüedades de la historicidad de la comprensión, las implicaciones de lo indecible en el problema de la verdad y cómo definir la educación desde la dimensión de lo indecible y sus efectos en la experiencia de la transmisión educativa. El preámbulo del fin es, sin duda, una orquesta a siete voces: «Convivencia escolar y ethos institucional» aglutina pensadores de demostrada valía, entre quienes cuento a Quintana Cabanas, Barrio Maes tre, García Carrasco, Gervilla Cas - tillo y Petra Mª Pérez Alonso-Geta, junto a otros que afianzan sus investigaciones, como Mª del Rosario González Martín, Patricia Villamor y Henri Bouché Peris. Sus numerosos escritos se podrían clasificar en torno a dos grupos. Uno, donde se distinguirían aquellos cuyo fin es defender que la educación puede contribuir a dar un sentido superior a la existencia. En él, las propuestas van desde «la incidencia formativa del valor religioso en una sociedad dominada por la secularización y el laicismo, así como el fundamento cultural, social y educativo en la religión » (p. 196), hasta la acuñada por Quintana como educación cosmovisional, la cual se ocupa de la «orientación existencial, que consiste en ser consciente de por qué vive y para qué vive» (p. 215) cada hombre, sin olvidar, como demuestra Barrio Maestre en otro más de sus excepcionales trabajos, «que es imposible educar desde la trivialidad escéptica. Se transmite educativamente algo desde la convicción » (p. 245). En el segundo grupo, sin duda más difuso, se hallan los textos relacionados con diversos aspectos de la política educativa. Su introducción puede considerarse un estudio de Bouché sobre las relaciones entre justicia y educación desde una perspectiva etnográfica. Sin embargo, son mucho más interesantes las líneas de González Martín, quien expone cómo para educar en los deberes y las responsabilidades se hace necesario un proceso de formación moral y cívica dirigido a «comprender que el derecho está preñado del rostro del otro, de una primera mirada de amor y afecto» (p. 294). Finalmente, Patricia Villamor plantea una inquietud sobre la invasión política de la pedagogía y, tras comentar algunas experiencias, concluye que «la política por sí sola nunca podrá lograr (…) la consideración de la unicidad de un individuo, ya que por su esencia sólo puede normalizar» (p. 301). En el movimiento final, «el lugar educativo y social del esfuerzo, del mérito y del servicio en una sociedad abierta y equitativa», Hirsch Adler contribuye con una investigación sobre ética profesional, aprobada y financiada por la Universidad Nacional Autónoma de México, de la cual ha seleccionado exclusivamente el marco teórico y en la que recorre los más importantes principios de la ética profesional y las reglas morales. Y así, como para despedirse, toma la palabra el Coordinador del libro en un escrito que nace de la convicción de que «la búsqueda de la excelencia es uno de los principales motores del esfuerzo humano» (p. 306) y para cuyo desarrollo adopta una postura crítica ofreciendo las razones de los contrarios y sus errores, tras lo cual propone siete estrategias que ayuden a la práctica escolar a «tender con un esfuerzo ininterrumpido hacia la más alta forma de excelencia». Para terminar, me siento instado a disculparme. El principal motivo es que noticiar libros como el que presento, con más de trescientas páginas y veinte escritos de temáticas y estilos tan dispares, conlleva dos problemas inherentes: o bien se hace necesario seleccionar sólo unos pocos con el fin de favorecer su entendimiento, o bien se da un tratamiento superficial de todos que quizá no facilita la plena comprensión de las ideas que allí se encuentran. Como comparto con el clásico que «la justicia es una constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo» he procurado referir cada autor, reflejar las problemáticas donde se incardinan y facilitar su lectura. Con todo, algunos decidirán olvidar el libro para siempre. Otros, acudirán a comprarlo. A estos últimos les felicito de antemano. Tendrán una edición cuidada al detalle donde encontrarán sugerentes líneas de investigación o numerosos puntos de vista a los que enfrentar sus propias tesis. Pienso que nos encontramos ante una obra intachable como pocas en la actualidad. David Luque Mengíbar |
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