Reseñas Nº 245, enero-abril 2010 Antropologia pedagogica novecentesca e senso dell’agire.
Antropologia pedagogica novecentesca e senso dell’agire. PDF Imprimir E-mail
Balduzzi, Emanuele (2009).
Antropologia pedagogica novecentesca e senso dell’agire.
(Milán, Vita & Pensiero) 283 pp.

Al menos desde que Marshall Mcluhan alcanzó notoriedad internacional, el estudio de las relaciones entre la técnica y la formación humana ha sido una preocupación recurrente en el ámbito de la Pedagogía. En buena medida, la reflexión ha ido en este terreno a remolque de los avances tecnológicos, lo que explica que la mayor parte de la bibliografía se haya centrado en temas de actualidad, que a medio plazo se han visto casi por completo eclipsados por otros. Los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, fueron desplazados en su momento por la informática, pero hoy el tema estrella es Internet. Por otra parte, hay dos corrientes de pensamiento y de trabajo sobre la cuestión que nos ocupa, que pueden parecer irreconciliables: la de quienes intentan sacar partido de las nuevas tecnologías para el aprendizaje y la formación, y la de quienes nos ponen en guardia ante su potencial deshumanizador y su negativa influencia en la educación.

En el libro que reseñamos se explica con claridad el porqué de la antinomia que de hecho a menudo se da entre el progreso técnico y la formación humana. Sin embargo, al mismo tiempo se sostiene que es posible superarla, pero sólo apoyándose en una seria y profunda reflexión de carácter antropológico. No estamos, pues, ante una obra en la que se hable sobre la utilidad de la técnica para la formación humana, sino que en ella se intenta desvelar el fundamento último de tal hecho.

Para conseguirlo, el autor maneja una amplia bibliografía, una parte importante de la cual está escrita en español.

El libro consta de tres partes, en la primera de las cuales (p. 13-96) se analiza cómo entendían la naturaleza y el alcance de la actividad educativa tres importantes filósofos —Giovanni Gentile, John Dewey y Jacques Maritain—, cuyas ideas son interpretadas desde la perspectiva del personalismo. En particular, resulta novedosa la lectura que se hace de las ideas del segundo autor, aunque cabría plantearse si responde en todos sus puntos al conjunto de su pensamiento.

En la segunda parte del libro (p. 97- 184) se aborda la cuestión de las relaciones entre la técnica y la formación humana.

Para ello, en un primer capítulo, se destaca con razón que el avance tecnológico supone un permanente y doble desafío para la educación. En primer lugar, abre siempre nuevas posibilidades formativas cuyo calado es necesario plantearse.

En efecto, la técnica no sólo tiene que ver con la producción y el adiestramiento, sino que además cada ser humano tiene la capacidad y la necesidad de apoyarse en ella para mejorarse a sí mismo. Ahora bien, sólo puede hacer tal cosa si, por medio de la reflexión y el conocimiento, la integra en su proyecto personal de formación.

De ese modo, no sólo potencia enormemente sus capacidades, sino que además las transforma desde el punto de vista cualitativo y descubre facetas inéditas de sí mismo. Sin embargo, cuando no se da tal reflexión, sucede justo lo contrario y surge un segundo desafío, bien patente en nuestro tiempo: la técnica se convierte en una actividad mecánica e impersonal que amenaza la misma formación humana, en la medida en que debilita el verdadero conocimiento y la libertad.

En el siguiente capítulo se explica cómo vincular la acción humana (praxis) con la actividad productiva o técnica (poiesis). En este terreno lo esencial es dotar de unidad a la vida humana, evitando que se trasforme en un mosaico de actos aislados. Es ésta una labor que cada persona ha de realizar en el seno de su propia intimidad, al tiempo que reflexiona sobre su condición y sus cualidades como ser humano. También sobre el sentido —con vistas a su desarrollo y maduración personales— de las decisiones que toma y los actos que realiza. Dicho de otro modo, se trata de examinar la naturaleza de la técnica a la luz de la antropología.

Sólo entonces el hombre es capaz de poner al servicio de su propia formación (praxis) las habilidades técnicas (poiesis) que asimila, y conjurar el peligro de verse dominado por ellas.

En la tercera parte de la obra (p. 185- 270), integrada por tres capítulos, se profundiza en la naturaleza y las características de los actos a los que en verdad podemos denominar ‘humanos’, pues son los que contribuyen a la mejora de la persona en cuanto tal. En el primero de dichos capítulos, se inspira el autor en las ideas de pensadores como Husserl, Heidegger, Buber, Levinas o Polo, y destaca que uno de los rasgos esenciales de la acción humana es la apertura tanto a la realidad como a la alteridad. Sólo se educa como persona quien aprende en un contexto cultural y de valores compartido, que le lleva a reconocer y respetar al otro.

En el siguiente capítulo, tomando como base las teorías de Max Scheler y Nicolai Hartmann, se vincula la acción formativa con la capacidad para percibir los valores y para sentirse emotivamente comprometido con ellos. Es ésta una dimensión esencial de la acción humana, que además es previa a la misma elección de los actos y la orienta. Sólo quien aspira a hacer realidad un ideal de formación elevado lleva una vida digna del ser humano. Penetramos así en un ámbito casi inaccesible para el educador, ya que es el propio discípulo el que, respondiendo a la llamada a la perfección que siente en su interior todo ser humano, ha de escoger libremente una opción de vida.

En el último capítulo, se aplica la acción humana una conocida distinción establecida por Frege. La vida moral, sostiene nuestro autor, no se agota en las decisiones adoptadas por la persona y las acciones concretas que realiza —ese es sólo su ‘significado’—, sino que presupone además un marco previo de referencia, desde el que aquéllas son concebidas y en virtud del cual tienen ‘sentido’. Y, a la inversa, el ser humano sólo puede planificar y dirigir su formación si es consciente de su identidad, pero accede a ella gracias a la experiencia de su vida, que le revela qué es lo que está llamado a ser.

Antropología y ética aparecen de nuevo estrechamente imbricadas, pues sólo tomando como guía y fundamento el sustrato objetivo y común de la naturaleza humana, puede conducir con éxito cada persona su propia formación, que consiste en convertir en ‘acto’ todo aquello que posee en ‘potencia’. En suma, puede decirse que la verdadera acción formativa implica una tensión por aproximarse a un ideal que no es percibido como una ‘meta’ absolutamente definida, sino más como un telos que incita a la trascendencia.

Gracias a ello, el hombre descubre las inagotables potencialidades que subyacen en su naturaleza y puede conseguir que se desarrollen armónicamente.

Confiamos en haber sintetizado adecuadamente lo esencial de un libro muy rico en contenido, pero también muy bien escrito, a pesar de la densidad de sus páginas. No nos cabe duda de que su autor, a pesar de su juventud, demuestra haber alcanzado ya una gran madurez intelectual. Estamos, por otra parte, ante una nueva muestra del alto nivel de calidad con que los pensadores italianos de inspiración personalista abordan las cuestiones educativas. Javier Laspalas

 

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